



Por: Letty Rosamón
Señor Presidente:
Le escribo estas líneas desde el respeto que merece su investidura, pero con la urgencia que impone la realidad de las calles. Muchos dominicanos, entre los que me incluyo, recibimos su anuncio de no volver a postularse como un acto de sinceridad democrática sin precedentes. Fue una bocanada de aire fresco en una cultura política acostumbrada al mesianismo y al “trono” perpetuo.
Sin embargo, señor Presidente, esa misma honestidad ha desatado una tormenta que parece estar saliendo de control en los pasillos de sus propias instituciones.
Usted cerró la puerta de la reelección, pero al hacerlo abrió la “caja de Pandora” de los sedientos de poder.
Desde el momento en que el país supo que su nombre no figuraría en la boleta de 2028, una parte de su gabinete pareció olvidar que aún quedan años de gestión por delante. Algunos funcionarios —si no físicamente, sí en espíritu— han abandonado sus responsabilidades para emprender campañas a destiempo, dividiendo funciones públicas con el proselitismo más descarado.
Lo más preocupante, señor Presidente, es el aroma a “sálvese quien pueda” que empieza a sentirse en algunas oficinas. Hemos visto cómo, ante la incertidumbre de no ser tomados en cuenta en un futuro gobierno, ciertos personajes han retomado viejas mañas:
Recolección de “lo perdido”: utilizando artimañas para recuperar con creces lo invertido en la campaña pasada.
Fortunas de emergencia: agrupando recursos de manera poco clara, preparándose para un retiro dorado o para financiar estructuras paralelas.Trueques y ahorros: creando fondos de “auxilio” para negociar cuotas de poder con quien resulte ser el próximo heredero del partido.
Incluso, Presidente, hay quienes desde adentro se han convertido en sus críticos más ácidos, cuestionando cada designación o movimiento que usted realiza, no por el bien del país, sino porque esas decisiones no favorecen sus intereses particulares de cara a 2028.
Es justo decir que no todos sus funcionarios son deshonestos. Existen hombres y mujeres en su gabinete que trabajan sol a sol, con una transparencia que honra su visión de cambio. Pero aquí aplica el viejo refrán: “Una manzana podrida daña el canasto”. Las mañas de esa minoría ruidosa y ambiciosa están opacando el trabajo serio de una mayoría que sí está cumpliendo.
Presidente, el país necesita que usted retome el timón con mano firme. Su legado no se construirá solo con obras de infraestructura o reformas fiscales, sino con la capacidad de frenar a quienes, sentados a su mesa, ya están repartiéndose los manteles antes de que termine la cena.
La sinceridad es una virtud en política, pero si no se acompaña de una vigilancia implacable, se convierte en la señal de salida para los saqueadores de la esperanza pública.
Todavía hay tiempo de recordarle a sus funcionarios que el poder es para servir, no para servirse un banquete de despedida.









