



A medida que nos adentramos en 2026, la República Dominicana se encuentra en una encrucijada política donde las decisiones tomadas en el Despacho Oval de la administración de Donald Trump han comenzado a dictar el ritmo de la política interna nacional. Con las próximas elecciones presidenciales dominicanas proyectadas para mayo de 2028, el panorama electoral ya no se define solo en los barrios de Santo Domingo, sino bajo la fuerte influencia de Washington.
La sombra de Washington sobre 2028
Aunque faltan dos años para los comicios, los partidos mayoritarios han comenzado a ajustar sus discursos para alinearse con la “realpolitik” transaccional de Trump. El Partido de la Liberación Dominicana (PLD) contempla adelantar su proceso interno para mayo de 2026, buscando un candidato que pueda navegar la compleja relación con un Washington que prioriza la seguridad y el control migratorio.
La dependencia se manifiesta en tres ejes críticos:
Seguridad y narcotráfico: El respaldo de Trump a acciones directas contra el trasiego de drogas en el Caribe ha posicionado a Estados Unidos como un aliado estratégico indispensable para cualquier aspirante presidencial que prometa orden.
Economía y remesas: Con el 85 % de las remesas provenientes de Estados Unidos y un comercio bilateral que representa cerca del 50 % de los ingresos del país, la amenaza de aranceles o impuestos a las transferencias de dinero se ha convertido en el principal temor del electorado.
La cuestión haitiana: La presión de Trump por una región “sellada” obliga a los candidatos dominicanos a adoptar posturas de seguridad fronteriza más radicales para evitar sanciones o tensiones diplomáticas.
Cambios políticos y nuevas figuras
El escenario de 2026 sugiere una ruptura generacional. Figuras emergentes como el senador Omar Fernández han ganado popularidad bajo la promesa de una renovación que, aunque busca independencia, no puede ignorar la hegemonía estadounidense. Por otro lado, la administración del presidente Luis Abinader ha mantenido una visión positiva hacia Trump, asegurando que el país esté fuera de las restricciones de visado impuestas a otras 75 naciones en enero de 2026, lo que refuerza la narrativa de “socio confiable”.
¿Hacia una nueva dependencia?
El futuro cercano apunta a una política dominicana más pragmática y menos ideológica. Los cambios que surjan dependerán de quién logre presentarse como el mejor interlocutor ante una Casa Blanca que ha demostrado no tener reparos en utilizar su poder económico como herramienta de presión política en el Caribe.
En este 2026, la soberanía dominicana se mide por su capacidad de maniobra frente a un gigante que, más que nunca, exige lealtad absoluta en temas estratégicos y de seguridad.









