



Editorial
El accidente ocurrido en el Jet Set Club no solo dejó víctimas y dolor, sino también una estela de preguntas que, a la fecha, siguen sin respuesta. En medio del duelo, algunos familiares han manifestado que no han interpuesto demandas judiciales porque entienden que no hubo culpables y que lo sucedido fue obra del destino. Esa postura es respetable y profundamente humana.
Sin embargo, la comprensión del dolor no puede convertirse en un obstáculo para la verdad. La investigación de un hecho de esta magnitud no depende de la voluntad de las víctimas ni de interpretaciones emocionales, sino del interés público. Por ello, la ausencia de un peritaje de oficio sigue siendo uno de los vacíos más llamativos del proceso.
Un peritaje serio, independiente y técnicamente riguroso podría aclarar aspectos fundamentales: si existieron fallas estructurales, deficiencias de seguridad, negligencias u omisiones; pero también podría confirmar o descartar de manera concluyente teorías más delicadas, incluyendo la posibilidad de que no se tratara de un hecho fortuito. Solo la evidencia técnica puede poner en contexto qué fue realmente lo que pasó y cerrar el espacio a la especulación.
Investigar no implica acusar ni condenar de antemano. Por el contrario, es la única vía para despejar dudas, proteger reputaciones si corresponde y, sobre todo, garantizar que la sociedad conozca la verdad completa. Cuando no se investiga, las versiones se multiplican y la desinformación termina ocupando el lugar que debería tener la evidencia.
En ese contexto, ha generado inquietud la reciente difusión de un video en el que una señora afirma haber sido invitada a una supuesta actividad patriótica que, según su testimonio, terminó siendo una marcha para reclamar justicia por las víctimas del caso. De ser cierto, el hecho resulta preocupante no por la legítima demanda de justicia, sino por la falta de empatía que implicaría instrumentalizar el dolor ajeno mediante engaños o manipulaciones.
Las causas justas no necesitan atajos. La memoria de las víctimas exige respeto, transparencia y honestidad, no confusión ni estrategias que erosionen la credibilidad de reclamos legítimos. En un escenario ya cargado de sensibilidad social, cualquier acción que distorsione la verdad contribuye a profundizar la desconfianza.
Este editorial no busca señalar culpables ni invalidar el sentir de quienes apelan al destino como explicación. Busca recordar que el destino puede ser una forma de consuelo personal, pero la verdad es una obligación institucional. Sin peritaje, no hay certezas; sin certezas, no hay aprendizaje; y sin aprendizaje, el riesgo permanece.
Investigar es un acto de respeto. Respeto a las víctimas, a sus familias y a una sociedad que merece saber qué ocurrió realmente para que una tragedia así no vuelva a repetirse.









