
El problema que ocurre frente a nosotros todos los días
Cuando se habla de impunidad, la mayoría de las personas piensa inmediatamente en grandes escándalos de corrupción, delitos de alto perfil o casos que ocupan titulares durante semanas.
Sin embargo, existe otra forma de impunidad mucho más silenciosa, más frecuente y quizás más peligrosa porque se ha instalado en la vida diaria de la sociedad hasta el punto de que muchos ya la consideran normal.
Es la impunidad cotidiana.

La vemos cuando un conductor se desplaza en vía contraria porque considera que su tiempo vale más que las normas. La vemos cuando alguien lanza basura a la calle convencido de que otro tendrá que recogerla. La vemos cuando se ocupan espacios públicos que pertenecen a todos, cuando se viola una señal de tránsito, cuando se evade una responsabilidad fiscal o cuando se utiliza una influencia personal para obtener un privilegio que debería estar regulado por la ley.
Son actos aparentemente pequeños. Muchos incluso los justifican argumentando que «todo el mundo lo hace».
Pero precisamente ahí radica el problema.
Las pequeñas transgresiones también destruyen sociedades
Ninguna sociedad se deteriora únicamente por los grandes actos de corrupción.
También se deteriora cuando miles de pequeñas transgresiones se convierten en una costumbre aceptada. Cuando la violación de las normas deja de producir vergüenza y comienza a generar admiración. Cuando el ciudadano que cumple la ley es visto como ingenuo, mientras el que encuentra la manera de burlarla es considerado inteligente.
La República Dominicana enfrenta desde hace años desafíos importantes en materia de institucionalidad, convivencia y respeto al orden público.
Sin embargo, sería injusto atribuir toda la responsabilidad a las autoridades. Existe una parte del problema que pertenece directamente a la ciudadanía.
La contradicción que pocas veces queremos reconocer
Durante demasiado tiempo hemos exigido un país más organizado sin preguntarnos cuánto contribuimos al desorden.
Hemos reclamado más autoridad mientras buscamos excepciones para nosotros mismos.
Hemos criticado la corrupción en las altas esferas, pero en ocasiones toleramos o practicamos formas menores de privilegio e incumplimiento que responden a la misma lógica: la creencia de que las reglas deben aplicarse a los demás, pero no necesariamente a nosotros.
Ahí comienza la verdadera cultura de la impunidad.
No en los tribunales.
No en los expedientes.
Sino en la mentalidad cotidiana que normaliza el incumplimiento cuando nos beneficia.
Cuando el orden depende más de la vigilancia que de la conciencia
La impunidad cotidiana no destruye una nación de manera inmediata.
Lo hace lentamente.
Debilita la confianza entre ciudadanos. Reduce el respeto por las instituciones. Genera desigualdad frente a la ley. Alimenta la percepción de que las normas son opcionales y que el éxito depende más de la capacidad para evadirlas que de la voluntad para cumplirlas.
El resultado es una sociedad donde el orden depende cada vez más de la vigilancia y cada vez menos de la conciencia.
Y ninguna nación puede construir un futuro sólido cuando necesita un policía para obligar a cada ciudadano a hacer lo correcto.
El cambio comienza mucho antes de la política
La verdadera transformación de un país no comienza únicamente en los palacios de gobierno, en los congresos o en los tribunales.
Comienza cuando la cultura ciudadana entiende que el respeto a las normas no es una carga impuesta por el Estado, sino una responsabilidad compartida que protege el bienestar colectivo.
Quizás ha llegado el momento de replantearnos una pregunta fundamental:
¿Queremos vivir en un país donde las leyes existan solamente para ser violadas o en una sociedad donde el cumplimiento de las reglas sea parte natural de la convivencia?
La respuesta no depende exclusivamente de quienes gobiernan.
También depende de quienes conducen, comercian, trabajan, estudian, votan y conviven cada día en nuestras calles.
La impunidad más peligrosa es la que hemos aprendido a tolerar
Porque la impunidad que más daño hace no siempre aparece en los expedientes judiciales.
A veces circula frente a nosotros todos los días y hemos aprendido a convivir con ella como si fuera algo normal.
Y precisamente por eso es tan peligrosa.









