

En la República Dominicana, una parte importante de la juventud crece enfrentando una realidad marcada por contrastes profundos. Sueños legítimos conviven con contextos de escasas oportunidades, y aspiraciones de progreso chocan, muchas veces, con un entorno que limita más de lo que impulsa. Este escenario plantea un dilema social que no puede seguir siendo ignorado.
La juventud dominicana no carece de talento ni de voluntad. Carece, en muchos casos, de caminos claros. Cuando el acceso a una educación de calidad es desigual, cuando el empleo digno resulta inaccesible y cuando las oportunidades reales no llegan a los sectores más vulnerables, el riesgo se normaliza y la frustración se convierte en parte del día a día.
Es en ese contexto donde el uso de sustancias prohibidas aparece como una falsa salida. No como una elección consciente de autodestrucción, sino como un escape momentáneo frente a la presión económica, emocional y social. No todos los jóvenes caen, pero muchos quedan expuestos. No por falta de valores, sino por acumulación de carencias.
El problema no puede analizarse desde la condena automática ni desde el señalamiento simplista. Criminalizar al joven sin examinar las condiciones que lo rodean es ignorar una parte esencial del fenómeno. La responsabilidad es compartida: del Estado, que debe garantizar políticas públicas sostenidas y coherentes; de la sociedad, que no puede seguir normalizando la exclusión; y de las familias, que necesitan apoyo real para cumplir su rol formador.
Invertir en juventud no es un gasto ni una concesión: es una urgencia nacional. Programas de capacitación técnica, acceso a empleos dignos, espacios para el deporte, la cultura y el acompañamiento psicológico han demostrado ser herramientas mucho más efectivas que la represión tardía o el castigo sin prevención.
Como sociedad, es necesario preguntarnos qué opciones reales estamos ofreciendo a nuestros jóvenes antes de juzgar las decisiones que toman. Porque cuando las oportunidades escasean, las malas decisiones no surgen por casualidad: nacen del abandono, del silencio institucional y de la falta de alternativas.
La juventud dominicana no necesita más etiquetas ni discursos momentáneos. Necesita oportunidades reales, confianza sostenida y un país que apueste por ella antes de lamentar su pérdida.
— Diario El Caribeño






