La protesta de los comunitarios refleja el temor de que proyectos de manejo de desechos terminen afectando el medio ambiente, la salud y la tranquilidad de la zona.
En un país donde muchas comunidades han sido ignoradas hasta que explotan en protesta, lo que hoy ocurre en La Cuaba no puede verse como un simple reclamo vecinal.
Lo que está ocurriendo es una defensa legítima del territorio, del medio ambiente y de la dignidad de una comunidad que se niega a cargar con el peso de decisiones tomadas lejos de su realidad.
La Cuaba es mucho más que un terreno disponible
La Cuaba no es un espacio vacío ni una zona descartable donde pueda instalarse cualquier proyecto incómodo para alejarlo de los grandes centros urbanos.
Es una comunidad de riqueza ecológica, valor ecoturístico, producción agrícola y familias que durante décadas han construido allí su vida en tranquilidad.
Pretender instalar un vertedero en un entorno con estas características representa una amenaza directa al equilibrio ambiental y social de la zona.
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El miedo de la comunidad tiene fundamentos
La preocupación de los comunitarios no surge de rumores ni exageraciones.
La historia dominicana ha demostrado que muchas llamadas “estaciones de transferencia” terminan convirtiéndose en focos permanentes de contaminación, malos olores, lixiviados, plagas y deterioro de la calidad de vida.
Por eso las protestas no deben criminalizarse ni minimizarse.
Cuando una comunidad sale a defender sus recursos naturales y su derecho a vivir en un ambiente sano, está ejerciendo ciudadanía.
El derecho a decidir el futuro
La Cuaba merece ser escuchada.
El desarrollo no puede construirse destruyendo comunidades ni trasladando contaminación hacia zonas rurales bajo la lógica de que “allá hay menos gente”.
Hoy La Cuaba protesta por un vertedero.
Pero en el fondo, lo que realmente está defendiendo es algo mucho más importante: el derecho de las comunidades a decidir qué tipo de futuro quieren para sus hijos.
Y esa lucha merece respeto.


