



Por: Pedro René Almonte M.
Mijaíl Gorbachov fue el octavo y último líder de la Unión Soviética. Incomprendido en su propia tierra, pero admirado en Occidente, fue un político que se adelantó a su tiempo y que, en el momento que le tocó gobernar, no supo —o no pudo— leer con precisión el espacio histórico en el que se encontraba. Sus buenas intenciones de reformar la URSS no actuaron como un dique de contención, sino como un catalizador que aceleró la caída del sistema soviético. Todo terminó de manera estrepitosa: finalizó la Guerra Fría y se precipitó la disolución de la Unión Soviética.
En ese sentido, las medidas impulsadas por Gorbachov fueron, en esencia, correctas, pero aplicadas en un tiempo y un contexto inadecuados. La URSS no estaba preparada para reformas de tal magnitud, ni su sociedad estaba lista para asumir, de forma abrupta, niveles de libertad desconocidos hasta entonces. Con la Perestroika, se buscó reestructurar el sistema soviético estancado, introduciendo elementos de mercado, descentralización y mayor democracia con el objetivo de modernizar el socialismo y evitar su colapso. Sin embargo, estas reformas económicas contribuyeron, paradójicamente, a la desarticulación del sistema comunista y a la posterior ruptura de la Unión.
De manera paralela, la Glasnost pretendía reducir la censura, ampliar la libertad de expresión, fomentar el debate público sobre los problemas sociales y exponer la corrupción gubernamental. Este proceso, aunque necesario, debilitó aún más la confianza de la población en el Partido Comunista y terminó erosionando la legitimidad del régimen.
Salvando las distancias históricas y contextuales, Delcy Rodríguez, actual presidenta de Venezuela, parecería estar dispuesta a asumir un rol similar al de Gorbachov en la llamada “Revolución Bolivariana”. No necesariamente por convicción propia, sino como resultado de presiones externas, particularmente de los Estados Unidos, país que mantiene detenido a Nicolás Maduro en una cárcel de Nueva York tras su extradición. Recientemente, Rodríguez anunció una ley de amnistía general que podría beneficiar a cientos de presos políticos y, de forma paralela, ha iniciado gestos de desbloqueo en las relaciones diplomáticas con Estados Unidos y otros países, entre ellos la República Dominicana.
Habrá que observar cómo concluye el mandato de Delcy Rodríguez y si este giro político se convierte en una auténtica apertura democrática o si, por el contrario, termina acelerando el colapso del modelo bolivariano. La historia, como siempre, ofrece advertencias claras para quienes deciden reformar sistemas rígidos desde dentro.







