

De Eriklis de León
Las inundaciones no son solo naturales: son el reflejo de decisiones mal tomadas y territorios mal planificados.
Cada vez que llueve, el país vuelve a vivir la misma historia.
Calles inundadas.
Familias afectadas.
Y, en los peores casos, vidas perdidas.
Pero hay una verdad incómoda que debemos asumir: la lluvia no mata. Lo que mata es la forma en que hemos decidido ocupar el territorio.
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Una tragedia que se repite
El reciente desbordamiento del arroyo Lebrón, en Los Alcarrizos, no solo dejó pérdidas materiales, sino también una víctima fatal.
No es un hecho aislado.
Es parte de un patrón que se repite cada temporada de lluvias en República Dominicana.
La pregunta no es si volverá a ocurrir.
La pregunta es por qué seguimos permitiéndolo.
El verdadero problema
Desde una perspectiva técnica, el problema no es la intensidad de la lluvia.
Es el modelo de desarrollo urbano.
Durante años, se han ocupado:
- Cañadas
- Márgenes de ríos
- Áreas de drenaje natural
- Zonas sin planificación hidrológica
En esos espacios, cualquier lluvia —por leve que sea— puede convertirse en tragedia.
No es falta de leyes
El país tiene herramientas legales claras.
La Ley 176-07 establece responsabilidades sobre uso de suelo y ordenamiento territorial.
La Ley 147-02 obliga a prevenir y mitigar riesgos.
El problema no es la ley.
Es su incumplimiento.
El ciclo que nunca se rompe
Después de cada desastre ocurre lo mismo:
- Se atiende la emergencia
- Se levantan daños
- Se hacen intervenciones puntuales
Y luego… nada cambia.
Hasta la próxima lluvia.
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Lo que debe cambiar
Romper este ciclo requiere decisiones estructurales:
- Zonificación de riesgo obligatoria
- Prohibición real de construir en zonas vulnerables
- Intervención integral de cañadas
- Reubicación digna de familias
- Mayor control de los ayuntamientos
- Coordinación entre instituciones
Sin prevención, cualquier inversión es temporal.












