
Cuando una persona acumula una, cinco o diez fichas y continúa entrando y saliendo del sistema, la pregunta no puede limitarse a si todavía merece una oportunidad. También debemos preguntarnos cuántas oportunidades tuvo el Estado para impedir que volviera a delinquir.
El presidente Luis Abinader dejó este lunes una frase que merece una discusión mucho más profunda que el impacto inmediato de sus palabras.
Al defender el cúmulo de penas contemplado en el nuevo Código Penal, el mandatario planteó que una persona que acumula “10 fichas” tiene pocas posibilidades de reinsertarse en la sociedad, aunque reconoció que nunca debe abandonarse completamente la posibilidad de rehabilitación.

La reacción más sencilla sería discutir si el Presidente fue demasiado duro.
Pero existe una pregunta anterior:
¿Cómo llega alguien a diez fichas?
Porque para llegar a diez registros tuvo que existir un primero.
Después un segundo.
Un tercero.
Y así sucesivamente.
Cada uno supone algún nivel de contacto con los sistemas de seguridad o justicia, aunque no necesariamente una condena. Esa precisión importa: una “ficha”, una condena y una reincidencia no son jurídicamente lo mismo.
Entonces, cuando llegamos a la número diez, quizá no estamos solamente frente al fracaso de una persona.
También podríamos estar contemplando el fracaso acumulado de varias instituciones.
La puerta giratoria
Una de las mayores frustraciones ciudadanas frente a la delincuencia es escuchar que una persona detenida por un nuevo hecho tenía antecedentes.
Y no uno.
Varios.
La reacción inmediata suele ser:
“¿Y qué hacía en la calle?”
Es una pregunta legítima, pero no siempre tiene una respuesta sencilla.
Tener antecedentes o registros previos no significa necesariamente que una persona deba permanecer encarcelada indefinidamente. Existen condenas cumplidas, procesos pendientes, absoluciones, medidas de coerción y situaciones jurídicas diferentes.
Por eso tampoco debemos convertir la palabra “ficha” en una sentencia automática.
Pero cuando existe reincidencia comprobada una y otra vez, el sistema tiene que ser capaz de responder.
Más años tampoco solucionan todo
Aumentar las penas puede resultar necesario frente a determinados delitos y reincidentes. El nuevo Código Penal contempla el cúmulo de penas bajo supuestos específicos, pero ese mecanismo no depende simplemente del número de “fichas” que tenga una persona.
Y pensar que todo se resuelve agregando años de prisión sería demasiado fácil.
Una cárcel que no rehabilita puede convertirse simplemente en una pausa entre un delito y el siguiente.
Si una persona entra por primera vez al sistema penitenciario y sale sin educación, sin capacitación, sin empleo posible y con mayores vínculos criminales que cuando entró, hemos pospuesto el problema.
No lo hemos resuelto.
La reinserción no es ingenuidad.
Es seguridad pública.
Porque la mayoría de las personas privadas de libertad algún día regresará a la sociedad.
Y al país debería importarle profundamente cómo regresan.
Pero la reinserción tampoco puede convertirse en excusa
Existe también el extremo contrario.
Una política penal seria debe reconocer que hay reincidentes persistentes y personas cuya conducta representa un peligro real para terceros.
La sociedad tiene derecho a ser protegida.
El ciudadano que trabaja, estudia, abre un negocio o simplemente camina por su barrio no puede ser quien pague indefinidamente las consecuencias de un sistema incapaz de controlar al reincidente.
Por eso el debate no debería ser “derechos humanos contra seguridad”.
Es una falsa elección.
El Estado tiene que proteger los derechos de quien está sometido a la justicia y, simultáneamente, proteger a la sociedad de quien insiste en violentar la ley.
La ficha número diez llega demasiado tarde
Si esperamos hasta que una persona acumule diez antecedentes o registros para preguntarnos qué hacer con ella, ya perdimos demasiado tiempo.
La discusión debería comenzar en la primera entrada al sistema.
¿Qué ocurrió después?
¿Hubo condena?
¿Cumplió?
¿Recibió tratamiento si lo necesitaba?
¿Aprendió un oficio?
¿Fue supervisado al salir?
¿Reincidió?
¿Y qué hizo entonces el sistema?
Esas preguntas pueden resultar menos populares que pedir condenas más largas.
Pero probablemente sean mucho más importantes.
Porque la seguridad ciudadana no se construye solamente atrapando delincuentes.
También se construye evitando que quien entra una vez al sistema tenga razones y oportunidades para entrar nueve veces más.
Cuando aparece la ficha número diez, el problema comenzó mucho antes.






