

De Mariel Ledesma
El aislamiento social y la desconfianza creciente reflejan el impacto de la desinformación en la democracia.
El más reciente Barómetro de Confianza de Edelman 2026 introduce un concepto inquietante: la insularidad. Se trata de personas que, cansadas de la polarización, la desinformación y la decepción acumulada, terminan aislándose, confiando solo en su entorno inmediato y desconfiando del resto del sistema.
No es un fenómeno espontáneo. Es el resultado de prácticas reiteradas que erosionan la confianza pública.
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De la duda al escepticismo
Hoy comunicamos, cada vez más, desde la sospecha y no desde el beneficio de la duda. Ese cambio de punto de partida tiene consecuencias profundas en la forma en que interpretamos la realidad.
Cuando la desconfianza se convierte en norma, cualquier información es recibida con resistencia, incluso aquella que es verificable.
El poder de las medias verdades
En este contexto, la forma en que comunicamos importa tanto como el contenido. Las medias verdades, presentadas como denuncias o revelaciones, se convierten en herramientas eficaces para generar indignación inmediata.
El problema no es la crítica. La crítica es necesaria en cualquier democracia. El problema surge cuando se construye sobre fragmentos de información que, aislados, inducen a conclusiones erróneas.
Un círculo vicioso de desinformación
El Barómetro de Edelman advierte que la desinformación no solo debilita la credibilidad institucional, sino que refuerza la percepción de que el sistema no funciona.
Ese sentimiento alimenta el resentimiento social y fortalece narrativas simplificadas. A menor confianza, mayor predisposición a creer mensajes emocionales. Y a mayor consumo de esos mensajes, menor capacidad de análisis crítico.
La responsabilidad política
Existe además un componente político que no puede ignorarse. Cuando actores deciden capitalizar campañas basadas en medias verdades por conveniencia, están legitimando prácticas que luego se vuelven contra todos.
Hoy se utilizan para atacar. Mañana pueden emplearse para desacreditar o silenciar.
Validar ese modelo es aceptar un escenario donde la verdad completa deja de importar.
El costo colectivo
El daño final no es individual. Es colectivo.
Una sociedad desinformada es una sociedad más polarizada, más resentida y más frágil. La insularidad no surge por casualidad, es el resultado de la repetición constante de malas prácticas en la comunicación.
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Conclusión
Si aspiramos a recuperar la confianza, no basta con exigir transparencia a las instituciones. También se requiere mayor responsabilidad en el debate público.
Más hechos completos.
Menos atajos narrativos.
Más rigor.
Menos oportunismo.
Porque cuando comunicamos para confundir, el costo no lo paga un actor específico.
Lo paga la democracia.













