
Santo Domingo.– El acto celebrado este domingo en el Club San Carlos no fue simplemente una ceremonia para juramentar nuevas autoridades. Para el Partido Revolucionario Moderno (PRM) comenzó una etapa posiblemente más compleja que aquella que enfrentó cuando luchaba desde la oposición para llegar al Gobierno.
Luis Abinader asumió formalmente la presidencia del PRM para el período 2026-2030, acompañado por una nueva estructura en la que Juan Garrigó Mejía ocupa la Secretaría General, Gloria Reyes la Secretaría Nacional de Organización y Deligne Ascención una posición fundamental en la conducción ejecutiva partidaria.
Pero los nombres de la nueva dirección son apenas una parte de la historia.

El verdadero acontecimiento político ocurrió cuando Abinader definió lo que pretende que sea su papel durante los próximos años: no escoger un heredero, no utilizar la presidencia del partido para fabricar una candidatura y garantizar que quienes aspiren a representar al PRM en 2028 encuentren reglas claras y condiciones de competencia democrática.
Ese compromiso toca directamente el punto más delicado del futuro de la organización.
Ganar elecciones fue apenas la primera etapa
El PRM fue fundado en 2014, llegó al poder en 2020 y consiguió algo todavía más difícil: reelegirse en 2024.
Es una trayectoria extraordinariamente rápida para cualquier organización política.
Pero precisamente ahí comienza el peligro.
La experiencia política dominicana demuestra que llegar al poder puede fortalecer un partido, pero también puede convertirlo en rehén de los cargos, las aspiraciones personales y las luchas internas.
El PRM tiene ahora funcionarios, alcaldes, legisladores, dirigentes territoriales y varios liderazgos nacionales con legítimas aspiraciones hacia 2028.
Administrar esa abundancia política será mucho más complicado que administrar la escasez de los años de oposición.
Porque mientras había un objetivo común —llegar al Palacio Nacional— resultaba relativamente fácil identificar al adversario.
Ahora la competencia también está dentro de la casa.
El desafío de una sucesión sin dueño
Por primera vez desde que el PRM alcanzó el Gobierno, tendrá que competir por la Presidencia sin Luis Abinader encabezando la boleta.
Ese dato modifica completamente la ecuación.
El partido tendrá que demostrar si su fortaleza electoral pertenece exclusivamente al liderazgo de Abinader o si durante estos años logró construir una identidad política suficientemente sólida para sobrevivir a su salida del Poder Ejecutivo.
Y ahí radica probablemente la mayor importancia de que el propio mandatario asuma ahora la conducción partidaria.
Abinader dijo este domingo que quiere un PRM institucional, democrático, imparcial y unido, donde las aspiraciones legítimas puedan competir sin ventajas indebidas derivadas del ejercicio de funciones públicas.
Cumplir esa promesa será determinante.
Porque la neutralidad del árbitro no puede limitarse al discurso.
Tendrá que sentirse en las reglas, en los organismos internos, en las oportunidades concedidas a los aspirantes y, especialmente, en la separación entre los recursos del Estado y la competencia política.
El PRM también debe regresar a sus bases
Pero existe otro desafío menos visible y quizás igualmente importante.
Los partidos suelen acercarse mucho a sus militantes cuando necesitan conquistar el poder y alejarse cuando finalmente lo consiguen.
Por eso resulta significativa la responsabilidad asumida por Gloria Reyes en Organización y el énfasis de la nueva dirección en fortalecer la estructura territorial, la participación y la renovación interna.
Ese acercamiento no puede ser simplemente electoral.
Las bases necesitan espacios permanentes de participación, formación política, renovación generacional y comunicación con la dirigencia.
Un partido moderno no puede convertirse exclusivamente en una estructura para distribuir candidaturas cada cuatro años.
Debe producir liderazgo, pensamiento, propuestas y mecanismos democráticos de participación.
El partido debe ser más grande que sus dirigentes
Una de las ideas políticamente más trascendentes pronunciadas por Abinader fue su reconocimiento de una realidad inevitable: dirigentes y gobiernos pasan; las instituciones deberían permanecer.
Ese debe convertirse en el centro de esta nueva etapa.
Si el PRM termina convertido simplemente en el partido de Luis Abinader, habrá ganado mucho electoralmente en estos años, pero institucionalmente habrá avanzado poco.
Si, por el contrario, Abinader logra entregar en el futuro una organización capaz de escoger democráticamente a su próximo liderazgo, tolerar la competencia interna, mantener cohesionados a quienes pierdan y conservar una relación saludable entre partido y Gobierno, habrá dejado un legado político mucho más profundo que cualquier victoria electoral.
El 2028 será importante.
Pero el futuro del PRM no debería medirse solamente por quién gane esa elección.
La pregunta verdaderamente trascendente es cómo llegará el partido a ella y cómo saldrá después del proceso interno para escoger su candidatura presidencial.
Puede llegar dividido entre vencedores y vencidos.
O puede llegar fortalecido por haber demostrado que dentro de una organización dominante también puede existir democracia.
La prueba acaba de comenzar
El acto de San Carlos mostró unidad.
Ahora corresponde demostrar que esa unidad puede mantenerse cuando comiencen las decisiones difíciles.
Cuando las encuestas coloquen nombres por delante de otros.
Cuando aumenten las aspiraciones.
Cuando haya que escoger candidatos.
Cuando algunos dirigentes tengan que aceptar que no fueron favorecidos.
Y cuando el liderazgo presidencial tenga que resistir la tentación de inclinar la balanza.
Ahí conoceremos la verdadera dimensión institucional del PRM.
Luis Abinader recibió este domingo un partido poderoso.
Su gran responsabilidad no será simplemente mantenerlo en el poder.
Será procurar que, cuando él ya no sea presidente de la República, el PRM pueda caminar sin depender de él.
Porque conquistar el poder fue la primera gran prueba del Partido Revolucionario Moderno.
Aprender a sobrevivir al poder será la definitiva.
Editorial Diario El Caribeño







