
Durante demasiado tiempo, el acoso callejero ha sido tratado como una simple «costumbre», una «broma» o una expresión de admiración. Sin embargo, para miles de mujeres y también para algunos hombres, representa una experiencia de intimidación, incomodidad e inseguridad que limita el derecho a transitar libremente por los espacios públicos.
Ninguna persona debería sentirse obligada a cambiar de ruta, acelerar el paso, bajar la mirada o experimentar temor por la posibilidad de ser objeto de comentarios ofensivos, persecuciones o insinuaciones no deseadas. La calle pertenece a todos, y el respeto también debe formar parte de ella.
El problema no se resuelve únicamente con leyes más severas. La verdadera transformación comienza en el hogar, donde se enseñan los valores; continúa en las escuelas, donde se forma el respeto por los demás; y se fortalece en una sociedad que deja de justificar conductas que durante años fueron normalizadas.

Es importante comprender que un cumplido solo lo es cuando quien lo recibe lo percibe como tal. Cuando una expresión invade, intimida o incomoda, deja de ser un gesto amable para convertirse en una forma de violencia que afecta la dignidad de la persona.
República Dominicana ha dado pasos importantes en la discusión sobre la protección de los derechos y la convivencia ciudadana. Ahora corresponde que cada ciudadano haga su parte. El respeto no debe depender de la presencia de una autoridad ni del temor a una sanción, sino de la convicción de que todos merecemos vivir en una sociedad donde la dignidad humana sea el principal valor.
Erradicar el acoso callejero no significa perder la cortesía ni la espontaneidad. Significa entender que la libertad de una persona termina donde comienza el derecho de otra a sentirse segura y respetada.
Una sociedad más educada, más consciente y más respetuosa será siempre una sociedad más libre. Ese es el verdadero camino hacia una mejor convivencia.








