
Editorial | Diario El Caribeño
Hay una sensación cada vez más extendida entre los dominicanos. Se escucha en las esquinas, en las oficinas, en los colmados, en los programas de radio y en las redes sociales. Es una percepción que, aunque no siempre se expresa con las mismas palabras, transmite una misma preocupación: la política dominicana parece estar viviendo más en el año 2028 que en el año 2026.
Apenas han transcurrido dos años desde las últimas elecciones presidenciales y ya el debate nacional gira en torno a posibles candidaturas, alianzas, mediciones, estrategias electorales y escenarios de sucesión. Los nombres de quienes podrían competir por la Presidencia ocupan titulares, conversaciones y espacios de opinión con una intensidad que parecería propia de una campaña electoral formal.
Mientras tanto, millones de ciudadanos continúan enfrentando los desafíos de siempre. El costo de la vida sigue siendo una preocupación para muchas familias. El tránsito continúa siendo una de las principales fuentes de estrés para quienes deben desplazarse diariamente. La inseguridad, aunque con avances en algunos indicadores, sigue generando inquietud en numerosos sectores. Los problemas de acceso a servicios públicos, la calidad de la educación, las oportunidades para los jóvenes y las dificultades económicas de miles de hogares permanecen presentes en la vida cotidiana.

Es precisamente ahí donde surge una pregunta legítima y necesaria: ¿está la clase política dominicana enfocada en gobernar o en hacer campaña?
La democracia necesita competencia política. Necesita partidos fuertes, líderes preparados y ciudadanos informados sobre las distintas opciones que aspiran a dirigir el país. El debate político es saludable y forma parte esencial de cualquier sistema democrático. Sin embargo, existe una diferencia importante entre mantener una discusión política permanente y convertir toda la actividad nacional en una campaña electoral adelantada.
Cuando los actores políticos comienzan a pensar exclusivamente en la próxima elección, existe el riesgo de que las prioridades nacionales se desplacen. Las decisiones pueden empezar a medirse más por su impacto electoral que por sus resultados reales. Las acciones de gobierno pueden diseñarse pensando en las encuestas. Las propuestas de la oposición pueden formularse más para generar titulares que para construir soluciones viables. En ambos casos, quien termina perdiendo es el ciudadano.
La política no puede convertirse en una competencia permanente de posicionamiento. No puede reducirse a una carrera interminable por aparecer mejor ubicado en las encuestas o por acumular ventajas para una contienda que todavía se encuentra a años de distancia. La función principal de quienes ocupan cargos públicos es gobernar. La responsabilidad principal de quienes aspiran a ocuparlos es presentar propuestas serias y contribuir al fortalecimiento institucional del país.
La República Dominicana ha avanzado significativamente en las últimas décadas. Ha fortalecido su economía, ha desarrollado importantes obras de infraestructura y ha consolidado un sistema democrático que, con todas sus imperfecciones, ha permitido la alternancia en el poder y la estabilidad política. Sin embargo, esos avances también exigen una clase dirigente capaz de comprender que el desarrollo de una nación no puede depender exclusivamente de los calendarios electorales.
La ciudadanía necesita sentir que sus problemas ocupan el centro de la agenda pública. Necesita ver a sus líderes discutiendo cómo mejorar la seguridad, cómo fortalecer la educación, cómo generar empleos de calidad, cómo enfrentar los desafíos del sistema de salud y cómo garantizar mayores oportunidades para las nuevas generaciones.
Porque las elecciones llegarán en su momento. Las campañas tendrán su espacio. Los candidatos tendrán la oportunidad de presentar sus propuestas y los ciudadanos decidirán libremente en las urnas.
Pero mientras ese momento llega, el país sigue avanzando. Las familias siguen enfrentando desafíos. Los jóvenes siguen buscando oportunidades. Los trabajadores siguen esforzándose cada día para sostener sus hogares.
Por eso, la pregunta sigue siendo pertinente y urgente: ¿estamos gobernando para el presente o haciendo campaña para el futuro?
La República Dominicana necesita políticos que piensen en 2028, pero que trabajen para 2026. Porque los votos se cuentan el día de las elecciones, pero los problemas de la gente exigen soluciones todos los días.









