
Editorial | Diario El Caribeño
Las apariciones de cabecillas de bandas haitianas en las redes sociales plantean un desafío que va más allá de la seguridad: la normalización de la violencia y el uso de las plataformas digitales como instrumentos de propaganda criminal.
Santo Domingo, República Dominicana, 27 de octubre de 2026. — La crisis de seguridad que atraviesa Haití ha adquirido una dimensión inquietante. Los dirigentes de organizaciones criminales no solamente buscan controlar territorios mediante las armas y la intimidación. También han encontrado en las redes sociales un escenario desde el cual proyectar poder, difundir mensajes y construir una notoriedad que, en ocasiones, se asemeja a la de los llamados influencers.

Las apariciones públicas de Jimmy Chérizier, conocido como «Barbecue», y de Wilson Joseph, alias «Lanmò San Jou», identificado como líder de la banda 400 Mawozo, ilustran una realidad que merece atención. La circulación de sus imágenes no debe confundirse, sin embargo, con la verificación de la fecha o el contexto de cada video difundido en internet.
Un informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), presentado al Consejo de Seguridad en enero de 2026, documenta que las bandas armadas haitianas utilizan espacios digitales para propaganda, intimidación y reclutamiento. El documento también advierte sobre los efectos de la normalización de imágenes violentas en línea.
La preocupación no reside únicamente en que estos personajes publiquen videos o aparezcan frente a las cámaras. El verdadero peligro surge cuando la exposición constante termina convirtiendo a personas vinculadas con organizaciones responsables de graves actos de violencia en figuras de entretenimiento, curiosidad o incluso admiración.
Cuando la violencia se convierte en espectáculo
Las redes sociales han transformado la manera en que circula la información. Un video puede alcanzar una audiencia enorme en cuestión de horas, independientemente de quién lo protagonice o de cuáles sean sus intenciones.
Ese alcance representa una oportunidad para informar, pero también puede ser aprovechado por organizaciones criminales para intimidar, promover su imagen o intentar atraer seguidores.
No es necesario que una publicación contenga una amenaza explícita para contribuir a la construcción de una imagen de poder. En determinados contextos, la exhibición de armas, el despliegue de hombres armados o la aparición reiterada de un cabecilla ante las cámaras pueden formar parte de una estrategia de intimidación.
Por eso, resulta fundamental distinguir entre la cobertura periodística de un fenómeno criminal y su promoción involuntaria. Informar sobre las bandas haitianas es una responsabilidad de los medios. Convertir sus apariciones en espectáculos desprovistos de contexto es un riesgo que debemos evitar.
Las plataformas digitales también tienen responsabilidades
Las empresas tecnológicas deben aplicar sus normas contra las amenazas, la incitación a la violencia y el reclutamiento criminal, sin impedir el trabajo legítimo de periodistas, investigadores y organizaciones de derechos humanos.
La respuesta no puede limitarse a eliminar publicaciones de manera indiscriminada. Es necesario distinguir entre la propaganda de una organización violenta y los contenidos que documentan sus actividades con fines informativos.
También corresponde a los usuarios ejercer un consumo responsable de la información. Compartir un video sin verificar su origen, su fecha o su contenido puede amplificar mensajes manipulados y alimentar el miedo.
Haití necesita atención, no la glorificación de sus verdugos
Existe una realidad que no podemos perder de vista: el pueblo haitiano es una de las principales víctimas de las organizaciones armadas que operan en su territorio.
Según los registros de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), Haití contabilizaba 1,494,456 personas desplazadas internamente en julio de 2026. Detrás de esa cifra hay familias que enfrentan amenazas y enormes dificultades para desarrollar una vida cotidiana segura.
Por esa razón, cualquier análisis responsable debe evitar confundir a la población haitiana con los grupos criminales que la someten.
La República Dominicana, por su proximidad geográfica y sus legítimas preocupaciones de seguridad, tiene razones para observar cuidadosamente este fenómeno. Sin embargo, esa vigilancia debe sustentarse en información verificada y no en rumores que circulan por las plataformas digitales.
El periodismo no debe fabricar ídolos criminales
Los medios de comunicación tenemos una responsabilidad especial. Debemos informar con precisión, contrastar los contenidos que circulan en redes y evitar titulares o imágenes que presenten a los cabecillas criminales como personajes admirables.
La notoriedad no equivale a legitimidad. Tener seguidores no convierte a nadie en referente social, y alcanzar millones de reproducciones no disminuye la gravedad de los actos atribuidos a una organización criminal.
El desafío consiste en contar lo que ocurre sin contribuir a la propaganda de quienes utilizan el miedo como instrumento de dominio.
Desde Diario El Caribeño sostenemos que la libertad de información debe ejercerse con responsabilidad. La sociedad necesita conocer quiénes amenazan la seguridad de Haití y de la región, pero no necesita convertirlos en estrellas digitales.
Porque cuando el crimen comienza a confundirse con el espectáculo, corremos el riesgo de que las pantallas terminen normalizando aquello que las sociedades deben rechazar: la violencia como forma de poder.








