
La defensa de la soberanía, el cumplimiento de las leyes migratorias y la protección de los intereses nacionales no deberían convertirse en una competencia política para determinar quién pronuncia la frase más dura contra Haití.
Durante los últimos días, Haití ha vuelto a ocupar el centro de la conversación dominicana.
Un partido de fútbol terminó convertido en una discusión sobre soberanía. Las expresiones de jugadores haitianos después del triunfo 4-1 sobre República Dominicana provocaron indignación, mientras los incidentes registrados en los accesos al Estadio Olímpico Félix Sánchez añadieron tensión a un episodio que rápidamente salió del terreno deportivo.

Después de esos hechos, el ministro de Deportes, Kelvin Cruz, anunció restricciones para que la selección haitiana utilice instalaciones deportivas dominicanas como sede de sus partidos como local. Posteriormente se aclaró que Haití puede jugar en República Dominicana cuando participe como visitante.
La Embajada de Haití también se desvinculó de las expresiones atribuidas a jugadores de su selección y reafirmó el respeto del Gobierno haitiano a la soberanía, la integridad territorial y las instituciones de República Dominicana.
Y, en medio de todo esto, el tema migratorio vuelve a aparecer con fuerza en los discursos políticos.
Nada de eso ocurre en un vacío.
República Dominicana tiene un problema migratorio real. Tiene derecho a controlar su frontera, a determinar quién entra y quién permanece legalmente en su territorio y a defender su soberanía.
Eso no está en discusión.
Lo que sí deberíamos comenzar a preguntarnos es otra cosa: ¿estamos resolviendo el problema o estamos descubriendo lo rentable que resulta políticamente hablar de él?
La firmeza no se mide por quién grita más
La política dominicana corre un riesgo: que Haití se convierta en una especie de prueba permanente de patriotismo.
El que habla más fuerte es más dominicano. El que propone la medida más severa es más patriota. El que intenta introducir matices inmediatamente corre el riesgo de ser acusado de débil.
Ese camino no conduce necesariamente a mejores políticas públicas. Conduce a una competencia de discursos.
Y los problemas complejos rara vez se solucionan con consignas.
La migración irregular requiere control fronterizo, inteligencia, documentación, deportaciones conforme a la ley, persecución de las redes que trafican personas y sanciones para quienes se benefician económicamente de la contratación irregular.
Eso es mucho más difícil que pronunciar una frase contundente frente a una cámara.
También hay intereses dominicanos
Existe además una conversación que debemos tener con nosotros mismos.
Si miles de haitianos trabajan irregularmente en construcción, agricultura, turismo y otros sectores, alguien los contrata.
Si existen redes que facilitan entradas irregulares, alguien cobra.
Y si una persona deportada logra regresar poco después, corresponde investigar las redes de tráfico, los facilitadores y las fallas de control que pueden hacer posible ese reingreso.
No todos los responsables están del otro lado de la frontera.
Por eso resulta demasiado cómodo convertir el problema haitiano exclusivamente en un problema de haitianos.
También existen responsabilidades dominicanas.
Mientras esas responsabilidades permanezcan fuera del debate, podremos realizar miles de operativos sin resolver el fondo del problema.
La soberanía se ejerce
Defender la soberanía no requiere hostilidad contra un pueblo.
Requiere instituciones capaces de hacer cumplir nuestras propias leyes.
Un Estado verdaderamente soberano sabe quién entra, sabe quién permanece y controla su territorio.
Persigue a quienes trafican personas. Sanciona a quienes violan las normas migratorias. Y aplica la ley sin importar si quien la viola es haitiano o dominicano.
Eso es soberanía.
Cuidado con 2028
La carrera presidencial dominicana todavía tiene un largo camino por delante.
Pero comienzan a aparecer señales de que Haití podría convertirse en uno de los grandes temas electorales.
Sería legítimo. La política migratoria merece estar en cualquier campaña presidencial.
Lo peligroso sería convertirla en una competencia para determinar quién ofrece la medida más espectacular o pronuncia la declaración más dura.
República Dominicana necesita una política migratoria seria, sostenida y ejecutable.
No una subasta de patriotismo.
Porque Haití seguirá estando exactamente donde está cuando terminen las elecciones.
Y el próximo presidente, sea quien sea, tendrá que gobernar con esa realidad todos los días.
Haití puede ser un tema de Estado.
Lo que no debería convertirse es en nuestra campaña electoral.









