
La reciente situación registrada en la frontera entre República Dominicana y Haití vuelve a poner sobre la mesa una realidad que ambos países deben afrontar con responsabilidad: el comercio binacional necesita reglas claras, previsibles y respetadas por todas las partes.
Esta semana, las autoridades haitianas endurecieron la aplicación de restricciones que limitan el ingreso por vía terrestre de 22 categorías de productos procedentes de República Dominicana. Entre las mercancías afectadas figuran harina de trigo, aceite comestible, detergentes, agua potable, pastas alimenticias, materiales de construcción, bebidas y otros productos que tradicionalmente forman parte del intercambio comercial fronterizo.
La disposición no implica una prohibición absoluta de importarlos, sino que establece que determinados productos deben ingresar a Haití por vía marítima o aérea. Se trata, además, de restricciones con antecedentes desde 2015, cuya aplicación volvió a generar tensión esta semana.

El episodio provocó comprensible preocupación entre productores, comerciantes, transportistas y trabajadores vinculados al mercado fronterizo.
Este miércoles, el presidente Luis Abinader informó que el impasse había quedado resuelto y señaló que el Gobierno dominicano finalmente no tuvo que emitir la posición oficial que había anunciado mientras los ministerios de Relaciones Exteriores y Defensa analizaban la situación. Sin embargo, no ofreció detalles públicos sobre los términos del entendimiento alcanzado.
Que el problema haya encontrado una salida es positivo.
Pero sería un error cerrar el expediente y olvidarnos de lo sucedido.
Porque detrás de este episodio existe una cuestión mucho más profunda: el intercambio comercial entre República Dominicana y Haití no puede estar sometido permanentemente a incertidumbres, cierres, restricciones repentinas o interpretaciones administrativas que cambien de un día para otro.
Una relación económica que necesita institucionalidad
Haití es un mercado importante para numerosos productores y comerciantes dominicanos. Al mismo tiempo, República Dominicana representa una importante fuente de abastecimiento para el mercado haitiano.
Esa interdependencia debería conducir a mayor institucionalidad, no a mayor improvisación.
Precisamente el pasado 3 de septiembre, los ministros de Relaciones Exteriores de ambos países sostuvieron una reunión en CODEVI en la que incluyeron entre los asuntos centrales de la agenda bilateral la formalización del comercio y la inversión, además de la seguridad fronteriza, los asuntos migratorios y la conectividad aérea.
Ese debe ser el camino.
República Dominicana tiene derecho a defender sus exportaciones y a exigir condiciones comerciales transparentes. Haití, como Estado soberano, tiene igualmente derecho a establecer sus políticas aduaneras y comerciales. Lo que no resulta conveniente para ninguno de los dos países es que productores y comerciantes descubran de un momento a otro que mercancías contratadas, transportadas o colocadas en la frontera enfrentan nuevas dificultades para cruzar.
Las reglas pueden ser estrictas. Pueden establecer controles. Pueden exigir documentación y procedimientos.
Pero tienen que ser conocidas, estables y previsibles.
Diversificar también es proteger al productor dominicano
Este episodio deja igualmente una enseñanza para República Dominicana.
Nuestros productores deben continuar buscando nuevos mercados para disminuir los riesgos de depender excesivamente de un destino que durante años ha demostrado una elevada vulnerabilidad política, institucional y de seguridad.
Diversificar no significa abandonar el mercado haitiano. Significa proteger al productor dominicano.
Al mismo tiempo, las autoridades dominicanas tienen el desafío de continuar fortaleciendo la trazabilidad y formalización del comercio fronterizo. La Dirección General de Aduanas anunció recientemente nuevas medidas dirigidas precisamente a mejorar el control de las mercancías que salen hacia Haití y a fortalecer la trazabilidad de esas operaciones.
Ese proceso debe continuar.
La frontera también es un espacio económico
La frontera no debe verse únicamente como un problema migratorio o de seguridad. También es un espacio económico donde diariamente convergen empresarios, productores, comerciantes, transportistas y trabajadores de ambos países.
Y donde existe comercio debe existir institucionalidad.
La solución anunciada esta semana evita, por ahora, que una situación puntual se convierta en un conflicto mayor. Pero la verdadera meta debería ser que dentro de algunos meses no tengamos que volver a discutir otro episodio parecido.
Para lograrlo se necesitan mecanismos permanentes de diálogo, protocolos comerciales claramente establecidos y canales institucionales capaces de resolver cualquier diferencia antes de que las mercancías lleguen a la frontera.
República Dominicana y Haití pueden tener intereses distintos. Incluso pueden existir desacuerdos importantes.
Pero hay algo que debería beneficiar a ambos: un comercio ordenado, formal y previsible.
Porque cuando las reglas están claras gana el productor dominicano, gana el comerciante haitiano, gana el consumidor y gana la estabilidad de una frontera demasiado acostumbrada a las crisis.
Con Haití podemos discutir muchas cosas. En materia comercial, sin embargo, debe existir una condición elemental: reglas claras para todos.









