
La fortaleza de una democracia no se mide por la intensidad de sus desacuerdos, sino por la capacidad de sus ciudadanos para expresarlos con respeto. En una sociedad libre, toda persona tiene el derecho de cuestionar, disentir y criticar las actuaciones de gobiernos, funcionarios y representantes diplomáticos. Sin embargo, cuando la crítica cede espacio al insulto, el debate pierde altura y la democracia pierde calidad.
Las expresiones dirigidas recientemente por el comunicador Aneudis Santos contra la embajadora de los Estados Unidos en la República Dominicana, Lea Campos, constituyen un exceso que merece ser rechazado. Más allá de cualquier diferencia política, ideológica o diplomática que pueda existir, la descalificación personal nunca debe convertirse en la herramienta del debate público.
Quienes ejercen la comunicación tienen una responsabilidad que trasciende la libertad de expresar opiniones. Su voz influye en miles de ciudadanos y contribuye a moldear el clima de convivencia democrática. Por ello, el compromiso con la verdad, la prudencia y el respeto no es una opción, sino un deber inherente al ejercicio responsable de la comunicación.

Criticar la política exterior de una nación, cuestionar las actuaciones de un embajador o expresar desacuerdo con determinadas posiciones es completamente legítimo. Lo que resulta inaceptable es sustituir los argumentos por ofensas personales. Cuando eso ocurre, el mensaje pierde credibilidad y el emisor termina debilitando su propia causa.
La República Dominicana ha cultivado históricamente relaciones diplomáticas sustentadas en el respeto mutuo y el diálogo. Los representantes de los países acreditados en nuestro territorio merecen el trato que corresponde a su investidura, independientemente de que sus posiciones puedan generar simpatías o desacuerdos. Defender la soberanía nacional jamás ha significado renunciar a la cortesía ni al respeto institucional.
Este episodio debe servir para reflexionar sobre el nivel del debate que queremos construir como sociedad. Las redes sociales y los medios de comunicación no pueden convertirse en escenarios donde la agresión verbal sustituya el intercambio de ideas. El país necesita más argumentos y menos descalificaciones; más reflexión y menos estridencia.
El respeto no debilita las convicciones; las fortalece. La firmeza en las ideas no requiere recurrir al insulto, porque la razón siempre tendrá más peso que la ofensa. Quien posee argumentos sólidos no necesita degradar a los demás para defender su posición.
Desde Diario El Caribeño reiteramos que la libertad de expresión es un derecho fundamental que debe protegerse siempre. Pero también recordamos que esa libertad conlleva una responsabilidad ética: ejercerla con respeto, especialmente cuando se trata de personas que representan instituciones y naciones amigas.
Porque las palabras dejan huellas. Pueden construir puentes o levantar barreras. Y cuando el insulto ocupa el lugar del debate, pierde quien ofende, pierde el diálogo democrático y pierde la sociedad en su conjunto.









