
Por: Licdo. Samuel Ávila
Hay momentos en la historia en los que la geografía deja de marcar distancias y la condición humana se convierte en el verdadero punto de encuentro entre los pueblos. Son circunstancias en las que la política trasciende el cálculo y se enfrenta a un deber superior: responder con solidaridad, responsabilidad y compromiso ante el sufrimiento de una nación hermana.
Venezuela vive hoy uno de esos momentos. A las dificultades derivadas de una prolongada crisis institucional y política se suma ahora el impacto devastador de los recientes terremotos que afectaron importantes zonas del país, dejando pérdidas humanas, miles de desplazados y comunidades enteras enfrentando una emergencia de enormes proporciones.
Ante una tragedia de esta magnitud, el silencio o la indiferencia no pueden ser una opción. La respuesta debe construirse desde la cooperación internacional, la diplomacia y la convicción de que la ayuda humanitaria nunca debe condicionarse por diferencias políticas o ideológicas.

La democracia representa mucho más que la celebración de elecciones. Es el mecanismo que permite a los pueblos decidir libremente su destino, fortalecer sus instituciones y garantizar los derechos fundamentales de sus ciudadanos. Cuando esos principios se debilitan, toda la región siente las consecuencias, porque la estabilidad democrática de América Latina constituye una responsabilidad compartida.
La historia también nos recuerda que República Dominicana y Venezuela mantienen vínculos que trascienden la coyuntura política. Durante los años de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, numerosos dominicanos encontraron refugio en territorio venezolano, entre ellos el profesor Juan Bosch. Asimismo, Venezuela acogió durante décadas los restos del patricio Juan Pablo Duarte, preservando con respeto la memoria del fundador de la nación dominicana.
Esa historia compartida explica por qué la solidaridad dominicana frente a la tragedia venezolana adquiere un significado especial. El despliegue de la Operación Quisqueya Solidaria, con personal médico, rescatistas y equipos especializados enviados por el Gobierno dominicano para asistir a la población afectada, representa un gesto que trasciende la cooperación internacional. Es una expresión de gratitud histórica y de fraternidad entre dos pueblos unidos por la memoria y la solidaridad.
Más allá de las diferencias diplomáticas que hayan podido surgir en distintos momentos, las emergencias humanitarias recuerdan que la protección de la vida debe prevalecer sobre cualquier discrepancia política. Los pueblos suelen demostrar una capacidad de unión que muchas veces supera las diferencias entre los gobiernos.
La reconstrucción de Venezuela exigirá importantes esfuerzos para recuperar tanto su infraestructura como la estabilidad institucional que demanda su sociedad. Ese proceso requerirá acompañamiento internacional, cooperación efectiva y un firme compromiso con los valores democráticos y el respeto a la dignidad humana.
América Latina enfrenta así una oportunidad para demostrar que la solidaridad no es únicamente un principio discursivo, sino una práctica concreta capaz de unir a las naciones cuando más lo necesitan.
Porque, al final, la historia enseña que los pueblos que no olvidan la solidaridad recibida son también los primeros en extender la mano cuando llega el momento de devolverla.
Licdo. Samuel Ávila







