
Por Karen Serrata
En tiempos donde una encuesta puede viralizarse más rápido que una propuesta de gobierno, la posición asumida por la Junta Central Electoral sobre la regulación y difusión de encuestas electorales merece una reflexión profunda.
No se trata solamente de estadísticas, números o proyecciones.
Se trata de la salud misma de la democracia dominicana.

Las encuestas son útiles… hasta que se convierten en herramientas de presión
Las encuestas forman parte natural de cualquier sistema democrático moderno.
Sirven para:
- medir tendencias,
- conocer estados de opinión,
- y analizar comportamientos sociales y políticos.
El problema comienza cuando dejan de ser instrumentos de medición y pasan a convertirse en mecanismos de manipulación emocional y política.
En República Dominicana, durante cada proceso electoral, aparecen:
- encuestas contradictorias,
- estudios sin ficha técnica clara,
- mediciones impulsadas por intereses particulares,
- y resultados difundidos estratégicamente para crear percepciones de inevitabilidad o derrota anticipada.
Y ahí es donde la advertencia de la JCE cobra sentido.
La democracia no puede sostenerse sobre percepciones fabricadas
Cuando una encuesta se utiliza para influir más que para informar, deja de ser un ejercicio técnico.
Se convierte en propaganda disfrazada de ciencia.
La preocupación de la Junta Central Electoral no debe interpretarse automáticamente como censura.
Debe entenderse también como un intento institucional de proteger la transparencia y la credibilidad del proceso democrático.
Porque una población bombardeada constantemente con números manipulados puede terminar votando:
- por presión psicológica,
- por miedo al “voto perdido”,
- o por sensación de derrota inevitable.
Y ese es un peligro real para cualquier democracia.
El debate político termina reducido a números
Las encuestas mal utilizadas pueden distorsionar completamente la conversación pública.
En vez de debatir:
- propuestas,
- ideas,
- soluciones nacionales,
- o visión de país,
la política termina reducida a:
- quién “sube”,
- quién “baja”,
- y quién “está liquidado”.
La democracia pierde profundidad y se convierte en una competencia de percepción mediática.
Regular no debe significar censurar
Sin embargo, la discusión también requiere equilibrio.
Regular encuestas no puede convertirse en una excusa para limitar arbitrariamente:
- la libertad de expresión,
- el trabajo periodístico,
- ni las investigaciones serias de firmas responsables.
Lo correcto es exigir:
- transparencia,
- metodología verificable,
- ficha técnica clara,
- y responsabilidad pública sobre los resultados difundidos.
La confianza electoral no se construye silenciando voces.
Se construye garantizando reglas claras para todos.
El reto de la JCE será encontrar equilibrio
La Junta Central Electoral enfrenta ahora uno de sus mayores desafíos institucionales:
encontrar el punto exacto entre:
- libertad,
- transparencia,
- responsabilidad,
- y protección democrática.
Porque tan peligroso sería permitir encuestas manipuladas sin control,
como abrir la puerta a restricciones que generen sospechas o desconfianza institucional.
Ninguna encuesta vota
En una democracia madura, las encuestas deben:
- orientar,
- informar,
- y analizar.
Pero jamás condicionar la voluntad soberana del pueblo.
Porque al final:
ninguna encuesta vota.
Quien decide el destino de una nación sigue siendo el ciudadano.
“Cuando la percepción intenta sustituir la voluntad popular, la democracia comienza a debilitarse.”







