
Una reflexión sobre soberanía, geopolítica e identidad nacional
Por: Wendy Chevalier
«Por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.»
Apocalipsis 3:16
Hace algún tiempo, la actual embajadora de los Estados Unidos en la República Dominicana recurrió a este conocido pasaje bíblico durante un discurso público para exhortar al país a asumir posiciones claras frente a los desafíos internacionales. Más allá del contexto específico de sus palabras, la cita deja una reflexión que trasciende la diplomacia: ¿puede una nación conservar plenamente su soberanía cuando intenta mantener buenas relaciones con todos los centros de poder, sin definir con claridad un proyecto nacional propio?
La República Dominicana vive uno de los momentos geopolíticos más importantes de su historia reciente. Estados Unidos la considera un socio estratégico en el Caribe. La Unión Europea fortalece su cooperación económica e institucional. China expande su presencia comercial y diplomática. Organismos multilaterales financian proyectos, impulsan reformas y promueven estándares internacionales.

Nada de esto es, por sí mismo, negativo. Un país pequeño no puede vivir aislado del mundo. Necesita inversión, comercio, cooperación y alianzas. Sin embargo, toda relación internacional plantea una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿quién fija realmente las prioridades nacionales?
Cuando las políticas públicas, las reformas, las inversiones e incluso las narrativas nacionales comienzan a responder más a intereses externos que a una visión construida desde el propio país, la soberanía deja de ser únicamente un concepto jurídico para convertirse en un desafío político.
La geopolítica del siglo XXI ya no se impone únicamente mediante la fuerza militar. También se ejerce a través del financiamiento, la tecnología, la regulación, las plataformas digitales, la cooperación internacional, la influencia cultural y la construcción de narrativas. Mientras discutimos sobre crecimiento económico, infraestructura o innovación, pocas veces nos detenemos a preguntarnos cuál será el costo de largo plazo de determinadas decisiones.
También observamos cambios profundos en la vida cultural y espiritual de la sociedad. Nuevas corrientes religiosas, ideológicas y culturales llegan con rapidez gracias a la globalización. La diversidad puede enriquecer una sociedad abierta, pero también obliga a preguntarnos si estamos fortaleciendo nuestra identidad nacional o simplemente absorbiendo modelos diseñados fuera de nuestras fronteras.
Es en ese contexto donde la autora utiliza la expresión «la gran ramera del Caribe», no como una afirmación literal ni como una condena religiosa contra la República Dominicana, sino como una metáfora inspirada en el libro del Apocalipsis, donde esa figura representa un sistema que comercia con el poder, establece alianzas por conveniencia y termina sacrificando sus principios para conservar privilegios.
La preocupación no radica en que la República Dominicana mantenga relaciones con Estados Unidos, Europa, China o cualquier otra potencia. Eso forma parte de la realidad internacional. La verdadera inquietud es que llegue el momento en que dejemos de preguntarnos qué conviene al país y empecemos a preguntarnos únicamente qué esperan de nosotros los demás.
Las grandes potencias defienden sus intereses. Los organismos internacionales impulsan las agendas que consideran prioritarias. Lo verdaderamente importante es que la República Dominicana conserve la capacidad de definir, con autonomía, cuáles son sus propios intereses permanentes.
No se trata de cerrar las puertas al mundo ni de rechazar la cooperación internacional. Se trata de mantener una política exterior capaz de decir sí cuando una propuesta fortalece al país y también de decir no cuando compromete su soberanía, su identidad o su capacidad de decidir libremente.
La independencia rara vez se pierde en un solo acto. Puede erosionarse lentamente mediante concesiones, dependencias y decisiones que prioricen intereses ajenos sobre las necesidades nacionales. Por eso, la pregunta final mantiene plena vigencia: ¿tiene la República Dominicana una agenda nacional lo suficientemente fuerte para relacionarse con el mundo sin dejar de ser ella misma?







