
Por Karen Serrata
De cara a 2028, el Partido Revolucionario Moderno (PRM) tiene por delante una pregunta que va más allá de nombres y simpatías: ¿quién puede ofrecerle al país un proyecto de gobierno creíble? Entre las figuras que forman parte de esa conversación está la vicepresidenta Raquel Peña.
No escribo estas líneas para dar por hecha una candidatura ni para anticipar un resultado. Las escribo porque, en medio de tantas aspiraciones, hay un elemento de su trayectoria que vale la pena examinar: la experiencia de gobernar desde dentro.

Raquel Peña no tendría que llegar al Palacio Nacional a descubrir cómo funciona la administración pública. Ha acompañado al presidente Luis Abinader desde agosto de 2020, durante su primer mandato y en el período que comenzó en 2024. Su papel, además, ha ido bastante más allá de los actos protocolares.
Le correspondió coordinar el Gabinete de Salud durante la pandemia. Más adelante asumió la coordinación del Gabinete de Promoción de Inversiones. También presidió el Gabinete Eléctrico entre 2022 y 2024 y, en septiembre de 2024, fue designada presidenta del Gabinete de Educación.
¿Qué significa todo eso? Que ha podido conocer de cerca cómo se toman las decisiones, qué limitaciones enfrenta el Estado y cuántas dificultades aparecen entre anunciar una medida y lograr que se sienta en la vida de la gente.
Ahí veo una fortaleza posible. Quien conoce el Gobierno por dentro tiene mejores herramientas para identificar qué políticas merecen continuidad, cuáles deben fortalecerse y cuáles necesitan un cambio de rumbo. Pero esa experiencia solo tiene valor político si se convierte en propuestas claras y resultados concretos.
Porque el país ha avanzado en distintos ámbitos, sí, pero todavía hay demasiadas preocupaciones sobre la mesa. Basta conversar con una madre que espera atención médica para su hijo, con un joven que busca su primera oportunidad de trabajo o con una familia que hace cuentas para pagar la comida, el transporte y la electricidad.
La calidad de la educación, los servicios de salud, la seguridad ciudadana, el costo de la vida y la estabilidad del suministro eléctrico siguen reclamando respuestas. Son asuntos que no se resuelven con discursos ni desaparecen porque una cifra económica luzca favorable.
Por eso, más que escuchar una defensa de lo realizado, me interesaría conocer qué considera Raquel Peña que todavía falta por hacer. Qué decisiones mantendría. Cuáles revisaría. Y cuáles estaría dispuesta a cambiar, aunque corregirlas implique reconocer errores del propio Gobierno.
Ese es, a mi juicio, el punto más delicado de una eventual propuesta de continuidad. Quien ha participado en las principales responsabilidades de una administración no puede reclamar únicamente sus aciertos y dejar las dificultades en manos de otros. La credibilidad también se construye aceptando esa parte de la historia.
Continuar no debería significar repetirlo todo. A veces, la mejor manera de preservar un avance es admitir que hay que hacerlo mejor.
Pero tampoco basta con conocer los pasillos del poder. La experiencia administrativa no reemplaza el liderazgo político. Para construir una candidatura competitiva hace falta escuchar a las bases del partido, conectar con la ciudadanía, generar confianza y presentar una visión propia del país.
Y esa visión debe responder preguntas sencillas, aunque sus soluciones no lo sean: ¿qué haría diferente en educación? ¿Cómo mejoraría la atención de salud? ¿Qué plantea para aliviar las presiones sobre las familias? ¿Qué cambios impulsaría para ofrecer servicios públicos más eficientes?
El proyecto político vinculado a Raquel Peña se ha mantenido activo con miras a 2028. Eso, sin embargo, no equivale a que el PRM haya escogido formalmente a su candidata presidencial. Hay un proceso interno por delante y otras figuras con aspiraciones legítimas.
Mi reflexión, entonces, no es sobre quién debe recibir una candidatura por ocupar un cargo. Es sobre el peso que debería tener la experiencia de Estado a la hora de evaluar a quienes desean gobernar.
Para mí, tiene mucho peso. Pero nunca puede ser el único criterio. El país necesita personas que entiendan las instituciones y, al mismo tiempo, no pierdan de vista lo que ocurre fuera de las oficinas: en los hogares, en las escuelas, en los hospitales, en los pequeños negocios y en las comunidades.
Raquel Peña conoce una parte importante de lo que se ha hecho. Su verdadero reto, si decide dar el paso definitivo, será demostrar que también sabe qué falta por hacer, qué debe cambiar y cómo lograrlo.
Porque en 2028 no debería bastarnos una continuidad de nombres. Lo que necesitamos es continuidad en lo que funciona, valentía para corregir lo que no funciona y una propuesta convincente para construir lo que todavía nos falta.
Karen Serrata, comunicadora y abogada.









