
Santo Domingo.– Hay sonidos, sabores y costumbres que un dominicano reconoce sin necesidad de explicaciones: una güira acompañando la tambora, una bachata que sale de una casa vecina, el casabe sobre la mesa, los palos de una celebración popular o una partida de dominó bajo la sombra de un árbol.
Este sábado 22 de agosto, cuando se conmemora el Día Mundial del Folclore, la fecha ofrece una oportunidad para mirar hacia esas expresiones que han pasado de una generación a otra y que continúan contando parte esencial de la historia cultural de República Dominicana.
La conmemoración recuerda el 22 de agosto de 1846, cuando el británico William John Thoms utilizó por primera vez el término “folk-lore” en una carta publicada en la revista The Athenaeum. En República Dominicana existe además un Día Nacional del Folclore, celebrado cada 10 de febrero desde 2001 mediante el Decreto 173-01.

El merengue sigue siendo una marca de identidad
Puede cambiar la época y transformarse la manera de celebrar, pero basta que entren la tambora y la güira para que el merengue reclame inmediatamente su lugar.
El género ha acompañado fiestas patronales, reuniones familiares, celebraciones comunitarias, campañas políticas y grandes escenarios dentro y fuera del país.
En 2016, la UNESCO inscribió la música y el baile del merengue en la República Dominicana en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, destacando su papel como parte integrante de la identidad nacional y de numerosos espacios de la vida cotidiana.
La bachata pasó de los sectores populares a escenarios mundiales
La bachata recorrió un camino distinto. Durante décadas fue asociada con ambientes populares y enfrentó prejuicios sociales antes de convertirse en uno de los géneros dominicanos de mayor proyección internacional.
Su combinación de guitarra, bongó, güira y voces cargadas de historias de amor, desamor y nostalgia terminó cruzando fronteras y generaciones.
En 2019, la UNESCO incorporó la música y el baile de la bachata dominicana a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Los Congos de Villa Mella conservan una herencia de siglos
En Villa Mella permanece una de las manifestaciones culturales y religiosas de mayor profundidad histórica del país: la Cofradía del Espíritu Santo de los Congos de Villa Mella.
Sus tambores, cantos, rituales funerarios y celebraciones religiosas preservan una importante herencia africana transmitida entre generaciones.
El espacio cultural de la Cofradía figura desde 2008 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO.
El teatro bailado Cocolo mantiene viva la memoria del Este
La llegada de inmigrantes procedentes de las Antillas británicas dejó una profunda huella cultural en el Este dominicano, especialmente en San Pedro de Macorís.
De esa historia surgieron expresiones religiosas, musicales y teatrales que terminaron formando parte del mosaico cultural dominicano. Entre ellas sobresale la tradición del teatro bailado Cocolo, también inscrita por la UNESCO en 2008.
Los Guloyas constituyen una de sus expresiones más reconocibles y recuerdan que la identidad dominicana se construyó a partir del encuentro de múltiples pueblos, ritmos y tradiciones.
El casabe conecta el presente con la herencia indígena
Mucho antes de la formación de la República Dominicana, la yuca ya ocupaba un lugar central en la alimentación de los pueblos originarios del Caribe. Siglos después, el casabe continúa presente en la gastronomía nacional.
En 2024, la UNESCO inscribió los conocimientos y prácticas tradicionales para la fabricación y el consumo de pan de yuca en su Lista Representativa.
La candidatura fue multinacional y reunió a Cuba, República Dominicana, Haití, Honduras y Venezuela, reconociendo saberes que continúan transmitiéndose en hogares y comunidades.
Atabales, salves y fiestas patronales
El patrimonio popular dominicano va mucho más allá de las cinco manifestaciones vinculadas al país que aparecen en las listas de la UNESCO.
En numerosas comunidades todavía sobreviven los palos o atabales, las salves y otras expresiones asociadas con celebraciones religiosas, promesas, fiestas patronales y encuentros comunitarios.
En esos espacios se mezclan música, espiritualidad, baile, gastronomía y memoria colectiva, con particularidades que cambian de una provincia a otra.
El carnaval también cuenta quiénes somos
Diablos cojuelos, lechones, roba la gallina, guloyas y una extensa variedad de personajes regionales convierten el carnaval dominicano en mucho más que un desfile de disfraces.
La Vega, Santiago, Santo Domingo, San Pedro de Macorís y otras localidades han desarrollado expresiones propias, con máscaras, vestuarios, ritmos y personajes que permiten reconocer la diversidad cultural del país.
El folclore también vive en los juegos y las historias familiares
No todas las tradiciones necesitan grandes escenarios. El folclore también está presente en los refranes, décimas, leyendas, cuentos de abuelos, adivinanzas y juegos que durante décadas llenaron calles y patios.
La vitilla, el trompo, las canicas, el trúcamelo, las escondidas y otros juegos tradicionales forman parte de la memoria de varias generaciones de dominicanos.
Hoy buena parte del entretenimiento infantil ocurre frente a una pantalla. Eso no significa que una época sea mejor que otra, pero sí evidencia que las formas de transmitir la cultura están cambiando.
Cinco manifestaciones dominicanas están inscritas por la UNESCO
República Dominicana figura actualmente en las listas de patrimonio cultural inmaterial de la UNESCO con cinco elementos: los Congos de Villa Mella, el teatro bailado Cocolo, el merengue, la bachata y los conocimientos tradicionales relacionados con la elaboración y consumo del casabe.
Ese reconocimiento internacional representa apenas una parte de un patrimonio popular mucho más amplio, construido en campos, barrios, pueblos, fiestas religiosas, cocinas familiares y espacios comunitarios.
El desafío es transmitir las tradiciones
Una tradición no permanece viva solamente porque esté registrada en un libro, un museo o una lista internacional. Sobrevive cuando alguien la practica, la enseña, la escucha, la baila, la cocina o la comparte con otra generación.
Las culturas cambian y no necesitan quedar congeladas en el pasado. El reto está en permitir su evolución sin perder la memoria de dónde vienen.
Dentro de varias décadas, los dominicanos probablemente escucharán nueva música, utilizarán otras tecnologías y tendrán formas diferentes de relacionarse. La pregunta será si todavía reconocerán el sonido de una tambora, sabrán qué significa un atabal, habrán probado el casabe o podrán contar a sus hijos alguna de aquellas historias que un día escucharon de sus abuelos.
Mientras esas tradiciones sigan pasando de una generación a otra, una parte fundamental de la República Dominicana continuará viva.







