
Por Karen Serrata
Hay formas de desacreditar a una mujer que cambian de apariencia con el tiempo, pero conservan exactamente la misma esencia.
Una de las más antiguas consiste en reducir su liderazgo, su influencia o su personalidad a su relación con un hombre.

Eso fue precisamente lo que pensé al observar la pregunta formulada recientemente al abogado y comunicador Eduardo Saint-Hilaire sobre una supuesta relación sentimental con la embajadora de Estados Unidos en República Dominicana, Leah Francis Campos.
Saint-Hilaire negó públicamente que exista tal relación y calificó las versiones como carentes de fundamento.
Pero, para mí, la discusión verdaderamente importante no es determinar con quién sale o deja de salir la embajadora.
Es preguntarnos por qué estamos hablando de eso.
Porque empiezo a percibir alrededor de Leah Campos una especie de ambiente de cuestionamiento personal que, más que discutir algunas de sus posiciones o actuaciones como diplomática, parece desplazarse progresivamente hacia su persona.
Y ahora aparece también uno de los recursos más viejos utilizados para disminuir la figura de una mujer con liderazgo: llevarla a la cama.
Aquí no se trata de quién tiene más poder
Quiero hacer una precisión importante.
Eduardo Saint-Hilaire es un comunicador y abogado reconocido, pero no estamos hablando de un hombre cuya posición explique, impulse o justifique el poder que posee Leah Campos.
Ese no es el punto.
Campos es la embajadora de los Estados Unidos de América en República Dominicana. Tiene su propia trayectoria, su propio poder institucional y una representación diplomática de enorme relevancia.
Por tanto, no estamos frente al viejo relato de que una mujer llegó hasta determinado lugar gracias a un hombre más poderoso.
Aquí estamos viendo otra variante del mismo prejuicio.
Convertir cualquier vínculo amistoso de una mujer poderosa con un hombre en una posible relación sentimental y, a partir de ahí, trasladar la conversación desde su trabajo hacia su intimidad.
Es más sutil.
Pero termina produciendo un efecto parecido.
¿Una mujer no puede sencillamente tener amigos?
Leah Campos ha mostrado desde su llegada un estilo diplomático considerablemente más abierto y menos protocolar de lo habitual.
Ha compartido públicamente con comunicadores, empresarios, personalidades y ciudadanos en espacios que se alejan de la diplomacia tradicional. Su relación pública con figuras como Santiago Matías y Eduardo Saint-Hilaire ha sido incluso señalada como parte de ese estilo de acercamiento a sectores de la sociedad dominicana.
Eso puede gustarnos o no.
Podemos analizar si constituye una buena estrategia diplomática.
Podemos cuestionarla.
Podemos preguntarnos cuáles son sus objetivos.
Todo eso es válido.
Pero de ahí a convertir la cercanía amistosa con un hombre en la sospecha automática de una relación amorosa existe una distancia enorme.
Y ahí aparece una pregunta que las mujeres llevamos décadas haciéndonos:
¿Por qué una mujer no puede sencillamente relacionarse con un hombre sin que alguien termine imaginando una cama?
El viejo truco cambia de forma, pero no desaparece
Durante mucho tiempo, cuando una mujer alcanzaba una posición importante, una de las primeras maneras de desmeritarla era insinuar que algún hombre estaba detrás de su éxito.
“¿Quién la puso ahí?”
“¿Quién la está ayudando?”
“¿Con quién estará?”
El mensaje era evidente: posiblemente no llegó por capacidad propia.
Las sociedades han avanzado y ese discurso ya resulta mucho más difícil de expresar abiertamente.
Pero el mecanismo no ha desaparecido.
Simplemente se transforma.
Ahora una mujer puede haber construido completamente su trayectoria, poseer poder propio y no necesitar absolutamente de ningún hombre para explicar su posición.
Entonces se busca otra vía.
Se sexualizan sus amistades.
Se sentimentalizan sus relaciones profesionales.
Se convierte una cercanía en romance.
Y lentamente dejamos de hablar de lo que esa mujer hace para comenzar a hablar de con quién supuestamente duerme.
Ese mecanismo también disminuye.
También desacredita.
También es machismo.
Criticar a Leah Campos es completamente válido
No escribo estas líneas para convertir a Leah Campos en una figura intocable.
Todo lo contrario.
La embajadora representa a Estados Unidos y sus actuaciones tienen importancia para República Dominicana.
Sus declaraciones pueden y deben ser analizadas.
Sus posiciones pueden ser cuestionadas.
Su forma de relacionarse con determinados sectores puede generar debates.
Su gestión diplomática puede recibir críticas.
Eso es democracia.
Pero existe una diferencia enorme entre escrutar el desempeño público de una mujer y convertir su vida sentimental —real o imaginada— en material para desacreditarla.
Y esa frontera debemos aprender a reconocerla.
Porque la igualdad no consiste en dejar de criticar a las mujeres.
Consiste en criticarlas por las mismas razones por las cuales criticaríamos a un hombre.
Por sus decisiones.
Por sus resultados.
Por sus actuaciones.
Por sus contradicciones.
Por sus errores.
No por los hombres con quienes comparten.
Hay algo que me preocupa en este caso
No afirmo que exista una operación organizada contra Leah Campos. No tengo elementos para sostener algo semejante.
Pero sí observo una sucesión de episodios, comentarios y cuestionamientos personales que terminan generando una sensación de descrédito alrededor de su figura.
Y cuando dentro de ese ambiente aparece además la insinuación sentimental, considero legítimo advertir sobre el patrón.
Porque conocemos demasiado bien ese camino.
Primero se cuestiona el carácter de una mujer.
Después su manera de expresarse.
Luego sus relaciones.
Más adelante aparece su intimidad.
Y sin darnos cuenta, ya no estamos discutiendo su trabajo.
Estamos discutiendo a la mujer.
Ese desplazamiento no es inocente en una sociedad donde durante décadas se utilizó precisamente la sexualidad como herramienta para desacreditar a las mujeres que se atrevían a ocupar espacios de influencia.
A un hombre cercano no siempre hay que convertirlo en amante
Quizás esta sea la parte más sencilla de toda esta reflexión.
Las mujeres tenemos amigos.
Tenemos compañeros de trabajo.
Tenemos colaboradores.
Tenemos personas con quienes desarrollamos afinidades.
Tenemos hombres con quienes compartimos ideas, proyectos, conversaciones, actividades y espacios públicos.
Y no necesariamente nos acostamos con ellos.
Parece absurdo tener que escribirlo.
Pero aparentemente todavía hace falta decirlo.
Porque si cada vez que una mujer poderosa establece una relación cercana con un hombre nuestra primera reacción es preguntarnos si existe un romance, entonces el problema quizá no esté en esa mujer.
Está en la mirada con la que todavía observamos a las mujeres.
No la llevemos a la cama; llevemos la discusión a su gestión
Si alguien entiende que Leah Campos está desempeñando mal sus funciones como embajadora, que presente argumentos.
Si considera que alguna declaración suya resulta inapropiada, que la cuestione.
Si entiende que alguna de sus actuaciones afecta los intereses dominicanos, que lo demuestre.
Si existen posiciones diplomáticas que merecen debate, debatámoslas.
Hay suficiente materia pública para evaluar a una embajadora sin necesidad de entrar en su habitación.
Porque cuando el argumento político, periodístico o social termina convertido en insinuación sentimental, la discusión pierde altura.
Y la mujer vuelve a ser colocada en el lugar donde históricamente tantos intentaron mantenerla:
no en la mesa donde se toman las decisiones, sino en la cama desde donde algunos pretenden explicar sus relaciones y su influencia.
Eso es precisamente lo que debemos superar.
Leah Campos puede gustarnos o no.
Puede recibir elogios o críticas.
Puede acertar o equivocarse.
Pero merece ser evaluada por su gestión, por sus posiciones y por sus acciones.
No por los hombres con quienes tenga una amistad.
Porque una mujer puede tener poder, liderazgo, carácter, amigos hombres y vida propia sin que ninguna de esas cosas necesite una explicación sexual.
Ya es hora de que aprendamos a separar una cosa de la otra.
Karen Serrata
Abogada y comunicadora







