
A pocos días de cumplirse seis años de la llegada de Luis Abinader a la Presidencia de la República, el Gobierno entra en una etapa política distinta y probablemente más compleja que las anteriores.
Ya no se trata del mandatario que asumió el poder en agosto de 2020 en medio de una emergencia sanitaria mundial. Tampoco del presidente que necesitaba defender su gestión ante las urnas para conquistar un segundo mandato.
La reelección quedó atrás.

Ahora comienza otra prueba: gobernar con eficacia durante los dos años restantes mientras inevitablemente comienza a tomar fuerza la sucesión presidencial de 2028.
En vísperas del 16 de agosto, fecha que tradicionalmente genera expectativas sobre posibles movimientos en el tren gubernamental, la discusión no debería concentrarse únicamente en cuáles funcionarios podrían salir y cuáles podrían entrar.
La pregunta verdaderamente importante es otra:
¿Necesita Luis Abinader cambiar funcionarios o necesita cambiar la velocidad de su Gobierno?
Después de seis años en el poder, todo gobierno enfrenta desgaste. Hay funcionarios que mantienen capacidad de ejecución y otros que pueden haber agotado su ciclo. Existen instituciones que avanzan con dinamismo y otras donde los resultados no marchan al ritmo que espera la ciudadanía.
Gobernar ocho años no puede significar administrar ocho años de la misma manera.
Hay momentos para organizar, momentos para ejecutar, momentos para consolidar y momentos en los que resulta necesario corregir, renovar y acelerar.
Y ese último momento parece haber llegado.
El peligro de gobernar mirando hacia 2028
Pero cualquier eventual proceso de renovación tiene que producirse en medio de una realidad política que ya comienza a hacerse visible: la carrera por la candidatura presidencial del Partido Revolucionario Moderno.
Es natural que dentro de un partido mayoritario existan dirigentes con aspiraciones legítimas. La democracia interna implica competencia, liderazgos y proyectos políticos diferentes.
El problema comenzaría si esa competencia termina trasladándose prematuramente al funcionamiento cotidiano del Estado.
Los dos años que restan de gestión no pueden convertirse en una antesala electoral permanente.
No sería conveniente para el Gobierno ni para el país que ministros, directores y altos funcionarios comenzaran a trabajar pensando más en cuál proyecto presidencial respaldarán en 2028 que en las responsabilidades públicas que tienen en 2026.
Cuando una sucesión comienza demasiado temprano, aparecen las parcelas políticas, las lealtades divididas, los cálculos personales y las estructuras que empiezan a moverse en direcciones distintas.
Ese escenario debe evitarse.
Luis Abinader todavía tiene dos años completos de mandato y, por tanto, una extensa agenda pendiente.
Dos años para ejecutar obras.
Dos años para mejorar servicios públicos.
Dos años para avanzar en las reformas pendientes.
Dos años para corregir áreas donde los resultados todavía no satisfacen las expectativas de la población.
Y dos años, sobre todo, para terminar de construir el legado con el cual será evaluado su paso por la Presidencia.
Cambiar para producir resultados
Si el presidente decide realizar movimientos dentro del Gobierno, el criterio fundamental debería ser la capacidad de producir resultados.
No las cuotas internas.
No las aspiraciones presidenciales.
No las preferencias de determinados grupos.
La pregunta debería ser sencilla: ¿quién está en capacidad de ayudar a que este Gobierno termine mejor de como comenzó?
A estas alturas de una administración de ocho años, la evaluación del desempeño debe ser mucho más rigurosa.
Las instituciones que funcionan deben fortalecerse. Las que muestran lentitud necesitan ser dinamizadas. Los proyectos que se encuentran retrasados deben acelerarse y aquellas áreas donde la ciudadanía reclama soluciones requieren respuestas concretas.
Cambiar funcionarios solamente para producir titulares tendría poco sentido.
Cambiar para recuperar dinamismo sí tendría una justificación.
La ventaja de no buscar otra elección
Luis Abinader tiene además una circunstancia política poco frecuente en nuestra historia reciente: sabe que no puede volver a presentarse como candidato presidencial.
Lejos de convertirse en una debilidad, esa realidad puede representar una extraordinaria oportunidad.
El Presidente ya no necesita administrar cada decisión pensando en su propia reelección.
Puede gobernar pensando en su legado.
Puede corregir sin calcular cuánto le costará electoralmente una medida.
Puede exigir resultados con mayor firmeza.
Puede realizar cambios sin tener que construir una candidatura personal.
Y puede dedicar los próximos dos años a concluir una gestión cuyo juicio definitivo dependerá, en gran medida, de cómo termine.
Porque los últimos años de un gobierno suelen pesar tanto como los primeros.
La población recuerda las promesas iniciales, pero también recuerda cómo encontró el país cuando llegó el momento de entregar el poder.
Todavía no es 2028
La sucesión presidencial llegará.
Habrá aspirantes, encuestas, alianzas, movimientos y competencias internas.
Todo eso forma parte de la política.
Pero todavía no es 2028.
Hoy la prioridad debe seguir siendo gobernar.
Quienes ocupan responsabilidades públicas deben comprender que todavía existe una administración que tiene compromisos pendientes con millones de dominicanos.
Y el propio presidente Abinader tiene delante una decisión fundamental: permitir que la sucesión determine el ritmo de sus últimos dos años o utilizar su autoridad política para mantener al Gobierno concentrado en producir resultados.
El 16 de agosto puede traer cambios o puede pasar sin grandes movimientos.
Eso es secundario.
Lo verdaderamente importante es que el Gobierno entre en su etapa final con sentido de urgencia.
Después de seis años, Luis Abinader debe mirar su administración como quien observa una obra que todavía no está terminada: identificar qué funciona, qué necesita corregirse, qué debe acelerarse y quiénes conservan la capacidad necesaria para acompañarlo hasta el último día.
Porque los últimos dos años pueden convertirse en un período de desgaste y espera por el próximo gobierno.
O pueden convertirse en los años que consoliden todo un legado.
En Diario El Caribeño entendemos que ese debe ser el verdadero desafío de Luis Abinader en esta nueva etapa: cambiar lo que sea necesario, acelerar donde haga falta y gobernar hasta el último día, sin permitir que el 2028 comience antes de tiempo.









