
América Latina está experimentando un nuevo movimiento de su péndulo político. Después de un período marcado por el avance de gobiernos de izquierda, varios países de la región han comenzado a inclinarse hacia opciones de derecha y centroderecha.
Argentina, Chile, Ecuador, Colombia y otros escenarios políticos muestran, con sus particularidades, un electorado que parece buscar respuestas diferentes frente a la inseguridad, el deterioro económico, la migración, la corrupción y el desencanto con las estructuras tradicionales.
Y como suele ocurrir cuando cambia el viento político regional, República Dominicana comienza a mirar hacia ese fenómeno.

De repente, la palabra “derecha” aparece con mayor frecuencia.
Surgen voces que reivindican posiciones conservadoras, movimientos que levantan las banderas de la soberanía, la familia, el orden, la seguridad y el nacionalismo, y figuras que encuentran referencias políticas en líderes como Javier Milei, Nayib Bukele o José Antonio Kast.
Nada de eso es ilegítimo.
La democracia necesita ideas diferentes.
Pero precisamente por eso conviene formular una pregunta que hasta ahora hemos discutido muy poco:
¿Existe realmente una derecha política dominicana o estamos presenciando el intento de algunos sectores de montarse sobre una ola ideológica que hoy produce resultados electorales en América Latina?
Una sociedad conservadora no necesariamente produce una derecha política
República Dominicana tiene características sociales que podrían considerarse terreno fértil para posiciones conservadoras.
Somos una sociedad donde la religión mantiene una influencia importante; existe una fuerte valoración de la familia; los temas relacionados con soberanía y migración generan enorme sensibilidad; la seguridad ciudadana ocupa un lugar cada vez mayor entre las preocupaciones de la población y una parte importante de los ciudadanos defiende la iniciativa privada y la propiedad.
Incluso investigaciones recientes muestran una considerable identificación de los dominicanos con posiciones ubicadas hacia la derecha del espectro político. Latinobarómetro 2024 situó a República Dominicana entre los países de la región con mayor proporción de ciudadanos que se autoubican en la derecha.
Pero una cosa es una sociedad culturalmente conservadora y otra muy diferente es la existencia de una derecha política organizada.
Ahí comienza el problema.
¿Dónde estaba esa derecha?
Durante décadas, los principales partidos dominicanos han demostrado una extraordinaria capacidad para convivir con posiciones ideológicas muy diferentes.
Dentro del PRM encontramos dirigentes conservadores y liberales.
Lo mismo ocurre en Fuerza del Pueblo y ocurrió históricamente dentro del PLD y otras organizaciones.
Las fronteras ideológicas dominicanas nunca han sido particularmente rígidas. Estudios recientes sobre la sociedad dominicana también han destacado una baja diferenciación ideológica en las élites partidarias y la coexistencia de visiones distintas dentro de las principales organizaciones políticas.
Nuestros partidos han funcionado muchas veces más alrededor del liderazgo, las estructuras territoriales, las relaciones personales y la conquista del poder que alrededor de doctrinas perfectamente diferenciadas.
Por eso resulta legítimo preguntar por qué ahora comienza a escucharse con tanta fuerza una identidad política que durante décadas tuvo una presencia mucho menos visible.
¿Estamos frente al nacimiento de una corriente ideológica auténtica?
¿O algunos descubrieron que ser “de derecha” comienza a ser electoralmente atractivo?
Una ideología es mucho más que hablar de Haití
Aquí está probablemente la prueba fundamental.
Una derecha política seria no puede construirse exclusivamente alrededor de Haití, la migración, la soberanía, la familia o el rechazo a determinadas agendas culturales.
Todos esos asuntos pueden formar parte legítimamente de una plataforma conservadora.
Pero gobernar es mucho más complicado.
¿Qué propone esa derecha sobre el tamaño del Estado?
¿Qué piensa sobre los impuestos?
¿Defiende reducir el gasto público?
¿Qué hará con los subsidios?
¿Cómo enfrentaría el déficit fiscal?
¿Qué modelo propone para la seguridad social?
¿Qué posición tiene frente a la competencia económica, los monopolios y la regulación?
¿Qué propone para transformar la educación?
¿Cómo garantizaría independencia judicial y separación de poderes?
¿Hasta dónde debe llegar el Estado y dónde debe comenzar la libertad individual?
Ahí es donde una ideología deja de ser una consigna y comienza a convertirse en un proyecto de nación.
Porque cualquiera puede levantar una bandera.
Mucho más difícil es explicar cómo gobernaría.
El riesgo del populismo disfrazado de derecha
América Latina conoce perfectamente el populismo.
Lo hemos visto aparecer desde la izquierda y desde la derecha.
Cambia el discurso.
Cambian los enemigos.
Cambian las consignas.
Pero el mecanismo suele ser parecido: identificar frustraciones reales de la población, simplificar problemas complejos y construir alrededor de ellos una narrativa emocional capaz de movilizar electoralmente.
Por eso República Dominicana debería diferenciar cuidadosamente entre derecha democrática y populismo de derecha.
Defender la soberanía no convierte automáticamente a nadie en ideólogo conservador.
Hablar de familia tampoco.
Exigir mano dura contra la delincuencia tampoco.
Y colocar una fotografía de Milei o Bukele en las redes sociales, mucho menos.
Una corriente ideológica se demuestra mediante coherencia.
Milei, Bukele o Kast no pueden importarse
También existe otro peligro: creer que las experiencias políticas pueden copiarse.
Javier Milei surgió de una Argentina marcada por circunstancias económicas extraordinarias.
Nayib Bukele construyó su liderazgo alrededor de una crisis de violencia que convirtió a El Salvador durante años en uno de los países más peligrosos del mundo.
José Antonio Kast responde a las particularidades políticas y sociales de Chile.
República Dominicana tiene sus propios problemas, instituciones, historia y cultura política.
Pretender importar mecánicamente cualquiera de esos modelos sería desconocer nuestra realidad.
Si algún día se consolida una derecha dominicana, tendrá necesariamente que ser dominicana.
El verdadero examen está por comenzar
No existe nada cuestionable en que aparezca una derecha organizada en República Dominicana.
Todo lo contrario.
Una democracia madura debería tener una izquierda democrática, una derecha democrática, un centro político y ciudadanos capaces de elegir entre proyectos claramente diferenciados.
Quizás uno de nuestros problemas históricos haya sido precisamente la dificultad para saber dónde termina ideológicamente un partido y dónde comienza el otro.
Por eso, si está naciendo una nueva derecha dominicana, bienvenida sea al debate democrático.
Pero tendrá que demostrar algo fundamental:
que llegó por convicción y no porque descubrió hacia dónde está soplando el viento electoral latinoamericano.
Porque las ideologías no aparecen después de una encuesta favorable.
No se construyen copiando discursos extranjeros.
No nacen porque un presidente de otro país se vuelve popular en TikTok.
Las ideologías se construyen defendiendo principios incluso cuando esos principios no están de moda.
Esa será la verdadera prueba.
Hoy América Latina gira hacia la derecha y algunos en República Dominicana comienzan a mirar en esa dirección.
Perfecto.
Ahora falta responder la pregunta importante:
¿Estamos viendo el nacimiento de una verdadera derecha dominicana o simplemente una nueva moda política para llegar al poder?
El tiempo —y sobre todo la coherencia— dará la respuesta.









