
Por: Lic. Samuel Ávila
El mapa político y de seguridad de América Latina atraviesa un reordenamiento en el que la soberanía nacional, la cooperación militar, la inteligencia y la diplomacia se entrelazan. Dos acontecimientos recientes permiten observar las tensiones de este escenario: la operación de rescate de militares salvadoreños en Haití y la llegada de Flávio Bolsonaro a Estados Unidos tras su derrota en las elecciones presidenciales brasileñas.
Son situaciones distintas, pero ambas plantean una misma interrogante geoestratégica: ¿hasta dónde pueden llegar los Estados y sus aliados para defender sus intereses sin debilitar los marcos institucionales que sostienen la seguridad y la legitimidad democrática?

Haití y la doctrina Bukele: los límites de la disuasión militar
Desde la perspectiva de la defensa nacional, la participación salvadoreña en la Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF, por sus siglas en inglés) representa una extensión de su experiencia en operaciones contra estructuras criminales. El presidente Nayib Bukele ha convertido la ofensiva estatal contra las pandillas en uno de los ejes de su proyecto político; su actuación en Haití plantea ahora una prueba distinta, fuera del territorio y del marco institucional salvadoreños.
El 18 de octubre de 2026, cuatro técnicos de aviación militares salvadoreños desaparecieron después de que el vehículo en que viajaban fuera atacado en un área controlada por pandillas cerca de Puerto Príncipe. El Salvador movilizó fuerzas especiales para localizarlos y, según reportes del 29 de octubre, amplió considerablemente su despliegue militar. No debe confundirse la operación de búsqueda y rescate con una neutralización de los responsables, cuyo resultado no estaba confirmado.
Haití no constituye un escenario de guerra convencional. Sus enfrentamientos con organizaciones armadas se desarrollan en un entorno urbano fragmentado, donde los grupos criminales aprovechan el control territorial, la movilidad y la vulnerabilidad de la población. Desde una perspectiva militar, estas condiciones exigen inteligencia, coordinación y precisión operativa, pero también mecanismos efectivos de protección de civiles.
Conviene precisar que la GSF es una fuerza multinacional autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU, no una operación propia de cascos azules. La Organización de las Naciones Unidas le proporciona apoyo logístico y operacional mediante su Oficina de Apoyo en Haití (UNSOH). El Consejo de Seguridad prorrogó su mandato hasta el 31 de marzo de 2027, de acuerdo con la resolución 2829 (2026).
La participación salvadoreña revela una tensión estratégica: el deseo de actuar con rapidez frente al crimen transnacional debe conciliarse con la soberanía haitiana, las responsabilidades de mando, las normas internacionales y la protección de la población. Una operación tácticamente exitosa no garantiza, por sí sola, la recuperación duradera de la autoridad estatal.
Brasil: la victoria de Lula y el desplazamiento de Flávio Bolsonaro a Estados Unidos
El escenario brasileño también exige una lectura actualizada. Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta presidencial del 4 de octubre, pero Luiz Inácio Lula da Silva fue reelegido en la segunda vuelta del 25 de octubre de 2026, con el 51,79 % de los votos válidos, frente al 48,21 % de su rival, según los resultados comunicados por el Tribunal Superior Electoral de Brasil.
Tres días después, el 28 de octubre, Flávio Bolsonaro llegó con su familia a Miami, tras pasar por Argentina y Ecuador. Su desplazamiento ocurrió después de que las autoridades judiciales brasileñas le ordenaran entregar sus pasaportes en el contexto de investigaciones por presuntas irregularidades, que él rechaza. Bolsonaro también cuestionó el resultado electoral mediante alegaciones de fraude que no han sido acreditadas.
Este episodio cambia el significado político de su presencia en territorio estadounidense. No se trata de una visita a Washington previa a una elección aún abierta, sino de la salida al exterior de un dirigente derrotado que intenta conservar influencia sobre la oposición brasileña. Su llegada a Estados Unidos no constituye, por sí misma, prueba de una alianza institucional o de un reconocimiento diplomático alternativo.
Dos orientaciones geopolíticas en tensión
Geopolítica
El gobierno de Lula reivindica una política exterior de autonomía relativa, cooperación Sur-Sur y participación en los BRICS, sin que ello implique renunciar a las relaciones con Estados Unidos. El bolsonarismo, por su parte, ha cultivado afinidades ideológicas con sectores conservadores estadounidenses y propone una lectura diferente de las prioridades regionales.
Seguridad nacional
El debate no se reduce a cooperación policial frente a fuerza militar. En toda la región coexisten instrumentos diplomáticos, judiciales, policiales y de inteligencia. La diferencia reside en el peso político que cada proyecto atribuye a la disuasión, las garantías institucionales y la coordinación internacional.
Relaciones internacionales
La autonomía del Sur Global y el acercamiento a Washington no son caminos necesariamente excluyentes. Sin embargo, la disputa por definir esas prioridades influye en el papel de Brasil como potencia regional y en sus relaciones con otros gobiernos latinoamericanos.
El desafío de la soberanía y la neutralidad regional
Los acontecimientos de Haití y Brasil muestran que la neutralidad estratégica enfrenta presiones cada vez más intensas. Por un lado, los Estados buscan respuestas rápidas ante amenazas de seguridad que desbordan las fronteras. Por otro, las disputas electorales internas pueden proyectarse hacia potencias extranjeras, con consecuencias sobre la diplomacia y la legitimidad institucional.
Para la República Dominicana, la evolución de la crisis haitiana tiene una relevancia inmediata por sus implicaciones para la seguridad fronteriza y la estabilidad del Caribe. En el caso brasileño, el interés reside en el peso de ese país sobre los equilibrios diplomáticos y económicos latinoamericanos, aunque cualquier efecto concreto deberá evaluarse a partir de decisiones oficiales.
La verdadera medida del nuevo orden regional no será únicamente la capacidad de desplegar tropas o de establecer vínculos con centros de poder. También dependerá de que los gobiernos logren compatibilizar seguridad, soberanía, legalidad y cooperación. Esa es la prueba decisiva que enfrentan Haití, Brasil y, por extensión, América Latina.







