
La llegada de una nueva temporada ciclónica vuelve a colocar sobre la mesa una de las preguntas más importantes para el país: ¿está realmente preparada la República Dominicana para enfrentar los desafíos que representan los fenómenos atmosféricos cada vez más intensos?
Cada año, las autoridades activan protocolos, presentan planes de contingencia y ponen en marcha los organismos de respuesta. Son acciones necesarias que han permitido fortalecer la capacidad de reacción del país y salvar numerosas vidas frente a huracanes, tormentas y lluvias torrenciales. Sin embargo, la preparación no puede medirse únicamente por lo que ocurre cuando una emergencia ya está en marcha.
La verdadera capacidad de un país para enfrentar una temporada ciclónica comienza mucho antes de que se emita la primera alerta. Empieza con la planificación urbana, el mantenimiento de los sistemas de drenaje, la limpieza de cañadas y ríos, la protección de las cuencas hidrográficas y la reducción de los asentamientos humanos en zonas de alto riesgo.

Todavía existen miles de familias que residen en comunidades vulnerables a inundaciones y deslizamientos de tierra. En muchos sectores, los sistemas de drenaje resultan insuficientes para responder a lluvias intensas, mientras que la expansión desordenada de las ciudades incrementa la exposición a eventos extremos. Estas son realidades que ningún plan de emergencia puede resolver por sí solo.
Otro reto pendiente es fortalecer la cultura de prevención. Con frecuencia, muchas personas esperan hasta que una tormenta se encuentra próxima al territorio nacional para abastecerse de alimentos, proteger sus viviendas o elaborar un plan familiar de emergencia. La prevención no puede comenzar cuando ya existe una alerta. Debe formar parte de la vida cotidiana y convertirse en un compromiso permanente de la ciudadanía.
El cambio climático añade un nuevo nivel de complejidad. Las lluvias son más intensas, los eventos extremos ocurren con mayor frecuencia y la capacidad de evolución de algunos sistemas tropicales obliga a contar con mecanismos de monitoreo, comunicación y respuesta cada vez más eficientes. Adaptarse a esta realidad exige inversiones sostenidas en infraestructura resiliente, educación ciudadana y tecnologías de alerta temprana.
Es justo reconocer que la República Dominicana ha fortalecido sus instituciones de gestión de riesgos y cuenta con personal altamente capacitado para responder ante emergencias. Esa experiencia acumulada representa un activo importante para el país. No obstante, la preparación también debe medirse por la capacidad de reducir la vulnerabilidad antes de que ocurra un desastre y no únicamente por la rapidez con que se atienden sus consecuencias.
La temporada ciclónica afecta por igual a comunidades urbanas y rurales, a familias de distintos niveles económicos y a sectores productivos fundamentales para la economía nacional. Por ello, la prevención no es responsabilidad exclusiva del Estado. También involucra a los gobiernos locales, al sector privado, a las organizaciones comunitarias y a cada ciudadano.
Prepararse no significa vivir con temor. Significa actuar con responsabilidad, invertir en prevención y comprender que cada medida adoptada antes de una emergencia puede marcar la diferencia entre una situación controlada y una tragedia.
La naturaleza seguirá poniendo a prueba la capacidad de respuesta del país. El verdadero desafío será demostrar que la República Dominicana no solo sabe reaccionar cuando llega un fenómeno atmosférico, sino que también sabe prepararse con tiempo para reducir sus efectos y proteger la vida de su gente.









