
Editorial | Diario El Caribeño
Tener miles de seguidores no convierte a nadie en referente. Hacerse viral tampoco. Y mucho menos debería bastar un teléfono celular y una cuenta en redes sociales para que la sociedad entregue, casi automáticamente, el título de “influencer”.
Ha llegado el momento de preguntarnos qué estamos premiando.

Porque mientras muchos jóvenes estudian, trabajan, practican deportes, desarrollan proyectos, emprenden, crean arte o realizan aportes positivos sin conseguir demasiada atención, otros descubren que basta protagonizar un escándalo, exponerse en condiciones lamentables, humillar a alguien, asumir una conducta peligrosa o convertir su propia destrucción en espectáculo para conseguir miles de reproducciones.
Y después hacemos algo todavía peor: los llamamos influencers.
Influir no es simplemente tener seguidores
Las palabras importan.
Un influencer es, literalmente, alguien con capacidad de influir sobre otras personas. Por eso deberíamos tener mucho más cuidado cuando utilizamos ese término, especialmente cuando quienes observan del otro lado de la pantalla son niños y adolescentes.
No toda persona viral es un modelo.
No todo creador de contenido es un referente.
No todo el que acumula seguidores merece reconocimiento social.
Una sociedad también comunica sus valores mediante las personas a las que decide convertir en famosas.
El escándalo se convirtió en negocio
Existe además una realidad que no podemos ignorar: el algoritmo premia la atención.
La indignación genera comentarios. La controversia produce reproducciones. Una pelea puede recorrer las redes en minutos. Una humillación puede acumular millones de vistas.
Y cuando las reproducciones pueden convertirse en dinero, seguidores, contratos, entrevistas y notoriedad, aparece un incentivo perverso: mientras más extremo sea el comportamiento, mayores posibilidades existen de hacerse viral.
Así hemos llegado a una época en la que algunas personas parecen competir no por quién hace algo mejor, sino por quién consigue llamar más la atención.
No importa demasiado cómo.
También nosotros alimentamos el fenómeno
Sería cómodo responsabilizar únicamente a TikTok, Instagram, Facebook o cualquier otra plataforma.
Pero nosotros también participamos.
Cada vez que compartimos una humillación simplemente porque resulta divertida, ayudamos a multiplicarla.
Cada vez que convertimos el deterioro de una persona en entretenimiento, contribuimos a hacerlo rentable.
Cada vez que una conducta irresponsable recibe más atención que una historia de superación, enviamos un mensaje sobre aquello que nuestra sociedad considera digno de mirar.
Y los medios de comunicación tampoco estamos exentos de responsabilidad.
No todo lo viral merece convertirse en noticia.
Tenemos la obligación de distinguir entre informar sobre un fenómeno social y explotarlo únicamente porque genera clics.
¿Qué están viendo nuestros jóvenes?
Aquí aparece la preocupación más importante.
Un adulto puede observar determinadas conductas en internet y entender perfectamente que está frente a un espectáculo.
Un adolescente todavía está construyendo sus referentes.
Cuando constantemente observa que quien protagoniza el mayor escándalo obtiene seguidores, dinero, invitaciones, entrevistas y reconocimiento, puede terminar aprendiendo una lección peligrosa:
para triunfar no necesariamente tienes que hacer algo extraordinario; quizás solamente necesitas hacer suficiente ruido.
Ese mensaje debería preocuparnos.
Los verdaderos influencers están en todas partes
Curiosamente, existen miles de personas que influyen positivamente todos los días y probablemente nunca recibirán ese título.
La maestra que consigue que un niño aprenda a leer.
El entrenador que mantiene a un adolescente alejado de la delincuencia.
El médico que inspira a un estudiante.
El joven que estudia mientras trabaja.
La madre o el padre que, con enormes sacrificios, consigue sacar adelante a su familia.
El atleta que dedica años de disciplina para representar dignamente al país.
El emprendedor que comienza desde abajo y genera empleos.
Esas personas también influyen.
Y probablemente lo hacen mucho más profundamente que alguien con medio millón de seguidores.
No se trata de censurar
Nadie está proponiendo decidir quién puede o no publicar en internet.
Las redes sociales han democratizado la comunicación y permitido que personas que jamás habrían tenido acceso a un medio tradicional construyan comunidades, negocios y carreras extraordinarias.
Eso merece celebrarse.
Lo que debemos cuestionar es nuestra facilidad para convertir popularidad en prestigio.
Son cosas diferentes.
Una persona puede ser extremadamente conocida y no representar absolutamente ningún ejemplo que una sociedad deba promover.
Dejemos de premiar nuestra propia decadencia
Las plataformas tienen responsabilidades.
Las familias tienen responsabilidades.
Los medios tenemos responsabilidades.
Pero también las tiene cada ciudadano que decide qué mirar, qué compartir y qué convertir en tendencia.
Quizás nunca podamos controlar completamente aquello que aparece en nuestras pantallas.
Pero sí podemos decidir a quién admiramos.
Podemos decidir qué compartimos.
Podemos decidir qué conductas convertimos en aspiracionales.
Y podemos comenzar por algo muy sencillo:
dejemos de llamar influencer a cualquiera.
Porque tener seguidores significa que mucha gente te mira.
Ser verdaderamente influyente debería significar que vale la pena aquello que haces cuando todos están mirando.









