
¿Cuántas tragedias necesita República Dominicana para hacer cumplir una norma que ya existe?
Cada vez que ocurre una desgracia, aparecen las investigaciones, las prohibiciones, los reglamentos y las explicaciones. Entonces descubrimos que determinada vía tenía restricciones, que ciertos vehículos no debían circular por allí o que existían controles concebidos precisamente para evitar lo que terminó ocurriendo.
El problema es que, para entonces, ya es demasiado tarde.

La tragedia ocurrida en el Malecón de Santo Domingo vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta que incomoda, pero que debe hacerse: ¿de qué sirven las leyes si solo parecen adquirir importancia después de que alguien pierde la vida?
La norma no puede existir solo en el papel
Tener resoluciones, rutas restringidas y prohibiciones no basta.
Una disposición que nadie fiscaliza es poco más que tinta sobre papel. La función del Estado no termina cuando redacta una norma; comienza cuando garantiza que se cumpla.
Si determinados vehículos pesados tienen restricciones para circular por ciertas vías, debe existir vigilancia constante. Y si hay permisos especiales, esos permisos deben ser transparentes, verificables y excepcionales.
No puede ser que después de una tragedia la ciudadanía descubra que aquello que ocurrió, en teoría, ya estaba regulado.
Investigar después no sustituye prevenir antes
Es correcto que las autoridades investiguen.
Deben establecer si el vehículo tenía autorización, verificar sus condiciones, reconstruir la ruta, determinar responsabilidades y esclarecer cada detalle.
Pero investigar después de que ya hay muertos no puede convertirse en la única respuesta del sistema.
La pregunta de fondo sigue siendo la misma:
¿Dónde estaban los controles antes del accidente?
Porque si una prohibición solo se hace visible cuando ocurre una tragedia, entonces no estamos ante una política de prevención, sino ante una reacción tardía.
El problema no es solo el tránsito
Este patrón se repite demasiado.
Se inspecciona después del incendio.
Se clausura después del derrumbe.
Se restringe después del ahogamiento.
Se coloca una señal después de varios accidentes.
Se anuncian protocolos después de que ocurre exactamente aquello que esos protocolos debían evitar.
Vivimos con demasiada frecuencia bajo una lógica reactiva: primero sucede lo peor y después aparecen las instituciones.
Ese modelo tiene un costo.
Y muchas veces ese costo se mide en vidas.
Gobernar también es hacer cumplir
Un Estado eficiente no es el que produce más leyes, sino el que logra que las existentes funcionen.
Las autoridades responsables del tránsito tienen la obligación de vigilar las rutas restringidas, fiscalizar a los vehículos pesados y garantizar que las excepciones no se conviertan en costumbre.
También corresponde revisar si las normas actuales responden a la realidad de una ciudad que ha crecido, cuyo parque vehicular se ha multiplicado y cuya movilidad es cada día más compleja.
Pero de nada servirá actualizar reglamentos si después nadie los ejecuta.
La memoria institucional no puede durar una semana
Después de una tragedia suele llegar una etapa conocida: operativos, anuncios, retenes, reuniones y nuevas advertencias.
Luego pasan los días.
La atención pública disminuye.
Y poco a poco todo vuelve a la normalidad.
Ese es precisamente el ciclo que debe romperse.
La verdadera prueba no será cuántos operativos se anuncien esta semana, sino si dentro de seis meses las mismas restricciones siguen siendo respetadas cuando ya no haya cámaras ni titulares.
¿Cuántos tienen que morir?
Esa pregunta no busca explotar el dolor.
Busca impedir que nos acostumbremos a él.
Porque cuando una sociedad comienza a asumir como normal que las leyes se recuerden después de una tragedia, termina aceptando que la prevención es opcional.
Y no lo es.
Las normas existen para evitar tragedias, no para explicar por qué ocurrieron.
Las autoridades deben investigar lo sucedido, determinar responsabilidades y aplicar las consecuencias correspondientes. Pero también tienen una obligación mucho más importante: garantizar que la próxima vida no tenga que perderse para recordar que la ley ya estaba ahí.
Porque si necesitamos muertos para comenzar a cumplirla, entonces el problema no es que falten leyes.
El problema es que estamos llegando siempre demasiado tarde.









